Unas palabras de adiós para Sarmite

Some goodbye words for Sarmite

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Comienzo este post con un ejercicio matemático: según conozco, en Japón hay poco más de 200 ecuatorianos. No sé cuántos letones hayan aquí, pero si consideramos que en toda Letonia hay alrededor de 2 millones de personas, supongo que en Japón no deben haber muchos más letones que ecuatorianos.

Siendo así, cuántas son las posibilidades de que, en una isla donde habitan casi 130 millones de almas, una ecuatoriana y una letona se encontraran y se convirtieran en grandes amigas?. No sé la respuesta exacta, pero me atrevería a decir que la posibilidad es casi tan remota como ganarse la lotería. En ese caso, hace un año Sarmite y yo nos ganamos la lotería.

Llevaba yo una semana en Japón y me sentía absolutamente perdida, así que decidí publicar un mensaje en un sitio web anunciando que había acabado de llegar a Tokio y que buscaba amigos. A los pocos días recibí una respuesta diciendo más o menos lo siguiente: “He visto tu mensaje. Mi nombre es Sarmite y soy de Letonia. Llegué a Tokio en julio y me quedaré un año aquí. Me pregunto si te gustaría tomarte un café conmigo algún día”

Yo jamás había conocido nadie de Letonia, de hecho mal sabía dónde quedaba ese lugar. Por su parte Sarmite no tenía idea de la existencia de un país llamado Ecuador. Es más, ninguna de las dos había jamás puesto un pie en el continente de la otra. De lo poco que pudimos leer en Wikipedia antes de nuestro primer encuentro, ambas pensábamos que nos encontraríamos con una persona salida del más exótico y místico lugar del planeta, con quien difícilmente podríamos tener mucho en común.

Recuerdo cuando finalmente acordamos encontrarnos en la estación de Shibuya, llegué temprano y me senté a mirar todas las caras extranjeras que pasaban. A los pocos minutos, una alta y rubia chica sonriente me saludó. Y tal como aquellas cosas que parecen solo suceder en películas, tan pronto cruzamos las primeras palabras, ambas sentimos como si siempre hubiéramos sido amigas y como si Letonia y Ecuador estuvieran a solo pocos kilómetros de distancia

Las historias de estas dos muchachas, salidas de puntos tan distantes del planeta, eran muy parecidas. Teníamos casi la misma edad, habíamos llegado a Japón casi en la misma fecha, estábamos aquí debido al trabajo de nuestras parejas y ambas nos sentíamos perdidas en este mar de gente. Compartíamos los mismos gustos e incluso ambas teníamos dos hermanas mayores con las cuales éramos muy unidas. Con el tiempo, descubrimos que inclusive las historias de nuestras hermanas tenían ciertas similitudes entre sí.

La una debió instruir a la otra sobre cada detalle de su país y su cultura; nos mostramos fotografías e incluso mapas para que comprendiéramos mejor el mundo del que la otra venía. Ella supo que a mi país le atravesaba la línea ecuatorial y yo me enteré, con mucho asombro, de que en Letonia, en invierno, una parte del mar se congela y hasta es posible caminar sobre él. Descubrimos que mientras en Ecuador son considerados especiales unos ojos azules, por ser poco comunes; en Letonia unos ojos cafés son la sensación. Yo le hice probar empanadas de viento y ella me compartió su célebre ensalada de papa con ajo; y probamos que los llapingachos ecuatorianos combinaban muy bien con el pescado estilo letón.

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Juntas fuimos descubriendo Tokio, un poco cada tarde, mientras nos comíamos un helado o vaciábamos las tiendas de ropa de Harajuku y Shibuya. Pero entre tarde y tarde se nos esfumó un año. Nos la pasamos tan bien que a las dos (o al menos a mí) se nos olvidó que eventualmente a Sarmite le llegaría el momento de dejar este país.

Dentro de pocos días mi amiga letona deberá tomar un avión para regresar a Europa, donde la esperan su familia, sus amigos y un prometedor posgrado en diseño en una Universidad de Holanda. A mí me quedan al menos dos años más en Tokio. Y mientras la veo empacar su vida para llevársela de vuelta a casa, no puedo evitar sentirme triste al ver que otra vez me ha llegado la hora de decir adiós.

Gisele, una amiga que hace poco se mudó a Ginebra heredándome una grupo de lindas plantas, me decía mientras transportábamos las plantas a mi casa, pocos días antes de ella partir: “Es una lástima todos los amigos de los que tenemos que despedirnos debido a nuestra vida tan errante”.

Le dije a Gisele que yo también pensaba que era una lástima: pues heme aquí, un año después y todavía me levanto cada mañana con el corazón hinchado de nostalgia y con ausencias que me acompañan a cualquier lugar que voy. Sin embargo, aquella tarde no llegué a decirle a Gisele que esta vida errante es también lo mejor que nos ha podido suceder, pues nos ha llevado a encontrarnos con tantas personas maravillosas que quizás nunca habríamos podido conocer.

Sarmite siempre me recomendó que escribiera algo en inglés en mi blog, para poder leerlo. Esta vez, con la ayuda de Fábio, he conseguido traducir este post para decirle que aunque estoy triste de verla marcharse, soy feliz de haber llegado hasta tan lejos para encontrarme con ella.

Todas las despedidas son tristes, pero para que exista una, primero hace falta ganarse la lotería de un encuentro y yo siempre estaré agradecida de haber resultado premiada.

Some goodbye words for Sarmite

I begin this post with a statistical exercise: according to my knowledge, there are in Japan little more than 200 Ecuadorians. I don’t know how many Latvians live here. Yet, if we consider that there are about 2 million inhabitants in the whole of Latvia, I don’t reckon that there are many more Latvians than Ecuadorians in Japan.

This being the case, what are the odds that in an island with 130 million souls, an Ecuadorian and a Latvian could meet and become great friends? I don’t have the precise answer, but I dare say that the chances are as slim as winning the lottery. And in this case, one year ago, Sarmite and I won the lottery.

I had been living for one week in Japan and was feeling so completely lost, so I decided to post a message on a website, saying that I had recently arrived in Tokyo and wanted to make friends. A couple of days later, I got a reply saying more or less the following: “My name is Sarmite and I am from Latvia. I came to Tokyo in July and I will be living here for one year. Would you like to have a coffee someday?”

I had never met someone from Latvia. In fact, I barely knew where it was. Sarmite did not know of a country named Ecuador either. Also, none of us had ever stepped on each other’s continent. From the things we researched at Wikipedia before our first date, both of us thought we would meet someone from some of the most exotic and mysterious places on the planet, with whom we had nothing in common.

I remember that, after we set to meet at Shibuya station, I decided to arrive there earlier and start to look at the faces of foreign people passing by. Few minutes later, a tall blonde smiling girl greeted me. And just as those things that only seem to happen in movies, as soon we exchanged our first words, we both felt like we had always been friends. Like Latvia and Ecuador were only a few kilometres away.

The stories of these two girls from such faraway places were all too similar. We had almost the same age, we arrived in Japan almost at the same period, we came here as our spouses were coming to work in Tokyo and we both felt lost in this sea of people. We shared the same interests and we both had big sisters with whom we were very close. Over time, we find out that even the stories of our sisters were quite similar as well.

We had to teach each other about every aspect of our countries and cultures. We shared photographs as well as maps so that we better understand each other’s world. Sarmite learned that my country is crossed by the Equatorial line and I learned, in awe, that during winter, in Latvia, part of the seawater freezes and one can walk over it. We find out that in Ecuador blue eyes are consider rare and for that remarkable; whereas, in Latvia brown eyes were all the rage. I cooked empanadas de viento for her and she offered me her widely praised garlic potato salad; and we found out that llapingachos goes very well with a Latvian-style fish dish.

And so, a little bit every afternoon, while having ice cream or going shopping in Shibuya and Harajuku, we explored Tokyo together. And afternoon after afternoon, one whole year has gone up in smoke. We had such a wonderful time that we both (or at least me) almost forgot that eventually time would come for Sarmite to leave this country.

Within a few days my Latvian friend will take a flight back to Europe, where family, friends and a promising postgraduate programme in design in the Netherlands are waiting for her. I still have a couple of years in Tokyo ahead. And as I watch her packing all her life on her way back home, I cannot help but feel sad realizing that once again time has come for me to say goodbye.

Gisele, a friend who recently moved to Geneva, said to me a few days before her departure, when I went at her place to pick some beautiful plants she had gifted me: “It is such a pity: all the friends to whom we have to say goodbye because of such a wandering life as ours.”

I told Gisele that I agreed with her: here I am, one year has passed and I still wake up every morning with my heart swelled with nostalgia and the missed ones who are always on my mind wherever I go. Yet, that afternoon I did not tell Gisele that our wandering lives are also the best that could ever have happened to us, as they have allowed us to get to know so many wonderful people whom we would not have met otherwise.

Sarmite always told me that I should write something in English in my blog so that she could read it. This time, I translated this post so I can tell her that: although I still feel down for her going away, I am glad I have come this far to get to meet her.

All goodbyes are sad. Still, for a goodbye to exist, one must first win that lottery that is meeting someone, and I will always be thankful of having got that winning ticket.

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3 comentarios en “Unas palabras de adiós para Sarmite

  1. Que hermosas palabras de una amiga a otra y más aún si la que escribe tiene un corazón tan grande que hasta le alcanza para compartir con otros. Así es la vida de ingrata, nos hace amar tanto a alguien que creemos que nunca se apartará de nuestro lado, pero cuando llega el inevitable momento de la partida nos damos cuenta que los buenos recuerdos es el mejor analgésico que puede aliviar el dolor del alma.
    “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora” (Ecl. 3:1)

  2. Cuando el corazón es sincero, es muy difícil no hacer un buena amistad entre dos personas desconocidas, te felicito pues tuviste la suerte de encontrar una amiga entre un mundo de gente y ésa amiga estaba destinada a conocerte para hacer de tu estadía en Japón un poco mas llevadera, lastimosamente tuvo que regresar a su pais, pero la amistad perdurará por siempre; allí es cuando me digo a mi misma que la tecnología nos ayuda a no sentirnos tan lejanos de quienes queremos pues ahora es tan fácil comunicarnos con quienes querramos en tiempo real; dos culturas distintas se unieron en una a travez de una linda amistad, celebro a mi país con tu representación! gracias por demostrar que Ecuador es maravilloso!! Saludos!!
    Silvia!! =)

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