Las primeras palabras

Me dispongo a poner a prueba mis habilidades descriptivas, para ver si soy capaz de hallar el conjunto de adjetivos adecuados para poder explicar la sublime experiencia de escuchar a un hijo hablar por primera vez.

El tema parecería horrorosamente banal, tanto que entenderé si algunos lectores prefieren abandonarlo. Al final, quizás la única lectora para la que verdaderamente escribo esto soy yo misma, yo dentro de unos años, alcanzada por la desmemoria cotidiana, encontrándome casualmente estas palabras y agradeciéndome por haberlas escrito para traerme el recuerdo de este placer tan inmenso e incomparable de oír a mi hija empezar hablar. 

Nunca he escuchado como suenan los primeros acordes de un violín que acabó de salir de las manos del lutier. Me atrevo a imaginar que las notas surgen desentonadas y torpes, que chillan en el oído por unos minutos hasta que la mano experta las consigue afinar. Los primeros intentos de un ser humano por hablar son más o menos así.

Los sonidos se atropellan, y las palabras que entraron por el oído enteras y pulidas, salen por la boca despeinadas y deformes, a veces chillonas o en susurros, o con las sílabas como si vinieran todas pegadas unasalasotras.

El nuevo ser humano no tiene exactamente un lutier que le afine las cuerdas, o le peine las palabras o le despegue las sílabas. De tal modo que es él mismo quien con el tiempo va haciéndolo solo, hasta llegar al día en que los demás consiguen comprender qué diablos estaba intentando decir cuando, tiempo atrás, decía “oyomiponpon”. 

Asumo que salvo para el lutier que lo creó, oír los primeros acordes del violín no debe tener nada de sublime. Las primeras palabras de un hijo también son así, para nadie son tan musicales, ni tan deliciosas, ni tan transcendentes y tan fascinantes como para aquellos que más lo aman. A nadie se le estremece el corazón tanto como a uno de oírle intentar una y otra vez pronunciar la palabra “hipopótamo” hasta acabar conformándose con decir “popoto”.

Creo que he fracasado en mi intento de retratar lo que se siente ser el público de aquellos ensayos de afinación. Debo admitir que el ejercicio que emprendí aquí es imposible, porque tratar de describir cómo suenan las primeras veces que tu hija prueba a decirte que te quiere es tan inconmensurable como lo sería pretender explicar tan solo con palabras cómo suena el más bello concierto para violín. 

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