Charcos de lodo y una plática en español 

Acabo de conocer a Pedro Pablo y me ha causado tal impresión que no podía dejar de escribir un post acerca de él. Es decir, acerca de los muchos Pedros Pablos que las vidas gitanas engendran.

Mientras Violeta saltaba en unos charcos de lodo que había encontrado en el camino y yo intentaba arriarla de regreso a casa, escuché alguien decirle “vamos chiquilla, que te vas a mojar toda”. Eran palabras de un español tan castizo que me sorprendió pensar que todo este tiempo había yo tenido un vecino hispanohablante aquí en Brasilia sin saberlo. Así conocí a Pedro Pablo que no se tardó en sacarme de mi error. Él era tan brasileño como la propia feijoada. 

En seguida, pasó a contarme cómo había adquirido ese acento castellano “de flipar” pero yo debí interrumpirlo para admitirle que no estaba prestando atención al contenido de sus palabras de tan absorta que estaba en la forma de ellas. Jamás, en mis años de interactuar con extranjeros, había encontrado alguien que hablara con tal nitidez un idioma que no era el suyo ni por herencia. 

Pedro Pablo me contó que tenía 22 años, que en la infancia había vivido un tiempo en Colombia y otro tanto en Alemania y que hacía poco había pasado un año en España. Yo continuaba, cuál detective, intentando indagar el origen de su perfecto acento. Me negaba a creer que con solo 1 año en Barcelona alguien pudiera adquirir tal dominio de la lengua. Ponderé todas las alternativas y llegué a decirle “pero entonces tú trabajas con españoles y lo hablas todo el día…”. “Qué dices?”, me respondió, “¡que me han despedido! Estoy en paro, ¡joder!”. Tal era su uso de las palabras que, en lugar de consternarme con su recién adquirida condición de desempleado, me causó gracia oírlo decir “paro” y “joder” con tanta naturalidad.

Entonces hablamos más, y me contó que la mitad de su corazón era, de hecho, española aunque los ancestros no lo fueran ni por acaso. Mientras se fumada su cigarrillo, me habló de cosas que creo que solo le nacieron contar por el gusto de hablar ese idioma que le resultaba tan suyo como el que le heredaron los padres.

Cerca de terminar nuestra conversa, yo le confesé que también me había dado gusto platicar con él, ese mismo pequeño gusto que siempre he tenido en estos 8 años de vivir fuera de mi país y, de repente, toparme con alguien que comparte mi lengua. 

La breve conversa me costó una hija completamente enlodada que tuve que llevar directo a la ducha. Mientras le daba su baño y la miraba, no pude evitar pensar en Pedro Pablo. Pedro Pablo el hijo de gitanos como nosotros, a quien trajeron al mundo en un país, lo vieron crecer en un par de otros, y después de años, lo devolvieron a esta tierra que -de solo oírlo hablar castellano- nadie creyera que es suya.    

“¿De dónde se sentirá realmente Pedro Pablo?” le pregunté a Violeta mientras le sacaba el shampoo de la cabeza. ¿Y tú?, le dije, “¿es que un día serás como él?” “Cuando abandones Brasil con tu puñado de palabras ¿en qué idioma aprenderás a leer? ¿En qué país habrás de enamorarte por primera vez? ¿A qué lugar le llamarás tu tierra?” 

Le cogí un cierto cariño a Pedro Pablo, pero también me lamenté un poco por él y sin querer por mi Violeta. 

Yo he vivido en 4 países distintos y llevo años y años fuera de mi tierra. Pero fue en Ecuador donde dije mis primeras palabras, donde aprendí a leer, donde me hice adulta, donde me enamoré de Fábio… Aunque no vuelva nunca más a esa tierra, ella es mía como mis manos, y es mía mi lengua que no me abandona en ningún idioma en el que hablo, y son míos mis recuerdos, y son mías mis raíces, y es mía mi nostalgia de las montañas y de la fanesca… 

No sé si la vida que le ha tocado vivir a Pedro Pablo le parece un privilegio o una condena; sin embargo, si un día me lo encuentro otra vez, no tendría coraje de preguntárselo. Solo espero que, de aquí a 20 años, no me encuentre yo haciéndome la misma pregunta con respecto a mi Violeta.

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