Los monos de nieve y los placeres del invierno

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Japón es el único lugar en el mundo donde es posible ver monos de nieve en estado natural.

De un tiempo acá, Japón lleva adelante una fuerte campaña para convertirse en la próxima sede de los Juegos Olímpicos. De ser elegidos, espero que escojan por mascota a su famoso macaco japonés. No podría haber mejor embajador para los juegos que este primate único del Japón, el cual además ostenta el título de ser uno de los más inteligentes macacos y el que habita las tierras más nórdicas del planeta.

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Ya que no posee pelaje en el rostro, para mantener el calor este está repleto de vasos sanguíneos, lo cual le da su característico color rojo.

Tuve la oportunidad de conocer a estos extraordinarios primates hace pocos días y me he quedado enamorada. Las colonias del macaco japonés (conocido también como snow monkey o mono de nieve) están regadas por varias islas del país. Desde Tokio bastan unas dos horas en el tren bala para llegar a la prefectura de Nagano y posteriormente a la ciudad de Yamanouchi, donde en invierno una peregrinación de turistas arriban tan solo para visitar el parque Jigokudani y observar a estos maravillosos animales.

El parque descansa sobre las colinas de los llamados “Alpes Japoneses” y en medio de un paisaje completamente blanco, decorado por las hermosas formas que la nieve esculpe sobre el escarpado. Tras una caminata de alrededor de media hora por entre pinos cargados de nieve se comienzan a divisar las nubes de vapor que las lagunas de aguas termales generan. Y ahí está ellos, decenas de macacos japoneses remonjandose en las agua con sus rojas caras llenas de placer, mientras otra decena de primates nos agolpamos a su alrededor para fotografiarlos. A ellos nuestra presencia los tiene sin cuidado; incluso estando a pocos centímetros de distancia, parecería que las personas somos transparentes ante sus ojos.

Los monos de nieve pueden pasar el día entero dentro de estas aguas de más de 40ºC, mientras se dedican a la apacible tarea de escarbar en su espeso pelaje buscando piojos y pulgas para comer.

Resulta inspirador mirarlos tan silvestres y a la vez tan parecidos con nosotros. Cuando no están dentro del agua, el frío los obliga a mantenerse muy juntos (apapachaditos, como diríamos en el Ecuador), compartiendo un abrazo que luce casi idéntico a cualquier abrazo humano cargado de amor. Sin embargo, no solo en ello resultamos similares; estos extraordinarios monos son los únicos en el reino animal (además del hombre) que lavan y condimentan su comida con conciencia de que así será más sabrosa. Esta costumbre comenzó con una curiosa mona que -aparentemente por error- dejó caer un fruto en el agua y notó que al estar limpio este tenía un mejor sabor. Dentro de algunos años el resto de la manada comenzó a imitarla, incluso lavando el fruto en el agua del mar para volverlo salado.

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La ciudad de Yamanouchi es también popular entre los amantes de los deportes de invierno como el esquí.

El espectáculo de mirarlos jugando con la nieve, buscando su comida, o simplemente reposando en las cálidas aguas volcánicas, hace que el viaje hasta Yamanouchi valga la pena. Después de todo aquí es el único lugar en el mundo donde se los puede ver.

No obstante, el sitio al que se arriba es tan espectacular cuanto sus peludos habitantes. Además de ofrecer un hermoso paisaje, la ciudad de Yamanouchi está llena de Riokan (hoteles de estilo tradicional con piso de tatami y paredes de arroz) cuyas acogedoras habitaciones están siempre proveídas de una tetera con té verde y un kimono sencillo para que cada huésped pueda sentirse confortable.

A lo largo de las estrechas calles de Yamanouchi se concentran decenas de pequeñas casas de baño de aguas termales (Onsen) y, alejándose un poco hacia las colinas, es posible encontrar una variedad de Rotenburo, casas de baño al aire libre, desde cuyas piscinas se puede obtener una vista incomparable del paisaje invernal.

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Tras cenar un udon o una reconfortante sopa ramen en cualquiera de los múltiples restaurante tradicionales de la ciudad, una actividad imperdible para terminar el día es reservar un Rotenburo privado. Casi es posible sentirse como un silvestre y feliz macaco japonés, mientras el cuerpo se adormece en el calor del agua y contemplamos la tarde que se convierte en noche y el sol que se pierde detrás de las blancas montañas. La vida -como debe de serlo quizás también para el sabio mono de nieve- parece estar reducida a ese perfecto instante de paz.

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