Una hiena en el jardín

Cuando trajeron la hiena no nos preocupamos mucho por lo que habríamos de perder. Recuerdo que el camión se estacionó detrás de la casa y descargó el animal salvaje con prisa, nos deslizaron un papel con instrucciones por debajo de la puerta principal y se marcharon. Desde la ventana de la cocina nos quedamos mirando como la hiena avanzaba lentamente para entrar en nuestro patio trasero y después de un par de vueltas y olfateadas, se instalaba en una esquina a dormir como un perro cansado.

Efectivamente, casi parecía un perro, un perro despeinado y deslucido pero inofensivo. Eso habríamos pensado de no ser porque sabíamos de los estragos que las hienas causaban en otros lugares. La hiena es un predador poderoso, capaz de matar un adulto saludable si se le place y sin mucho aspaviento.

Para salvaguardar nuestra integridad decidimos seguir diligentemente las instrucciones. El documento que habíamos recibido indicaba todo lo que debía ser realizado y todo lo que estaba prohibido. La lista era larga. Podíamos realizar nuestra vida normal siempre y cuando fuera dentro de la casa. El patio estaba completamente negado. No podíamos salir ni siquiera para botar la basura en los basureros que teníamos junto a la verja. No podíamos abrir las ventanas, especialmente las que daban al jardín y debíamos evitar hacer ruido para no llamar la atención de la hiena. No debíamos intentar ningún tipo de interacción con el animal, ni siquiera de lejos o detrás del vidrio.

El documento nos instruía acerca de todo lo que podría pasar si incumplíamos las instrucciones. En resumen, un paso en falso podía costarnos la vida.

Las primeras semanas fuimos un ejemplo de disciplina. Decidimos que lo mejor era no solo no comer en la mesa del patio, donde en días soleados acostumbrábamos servirnos el desayuno, sino incluso evitar pasar mucho tiempo en la cocina, cuyas ventanas miraba al jardín y por tanto a la hiena. Entrábamos a la cocina para lo esencial, y comíamos en la sala para mantenernos lejos. En la noche, si requeríamos entrar a la cocina, lo hacíamos usando una velita para evitar encender un foco y que la hiena pudiera identificar nuestras siluetas detrás de las cortinas cerradas.

Con todo, estoy segura de que desde el inicio la hiena supo que estábamos ahí, agazapados del otro lado de la pared de la cocina, cuidándonos de ella. La hiena por su parte no hacía mucho, ni se movía demasiado. Ella resolvía su propia alimentación y era autosuficiente en todo. Cualquiera diría que daba menos trabajo de lo que daría una mascota, si no fuera por el inminente riesgo que su presencia representaba para nuestra vida.

En las mañanas solía dar un par de vueltas por el jardín y acostarse a tomar el sol cerca de la mesa de metal blanca donde otrora nosotros tomábamos el desayuno. En las tardes, dormía la siesta debajo de la débil sombra que proyectaba nuestro arupo.

No podría decir más acerca de su rutina, pues la verdad prefería no verla demasiado. Temía que pudiera sentirse observada y eso la pusiera en guardia.

Los días fueron pasando y se convirtieron en semanas y las semanas en meses. Lo que al inicio había parecido algo fácil de hacer, se iba volviendo un suplicio. Cuando era por nuestra voluntad, quedarnos en casa nos resultaba cómodo y agradable, pero cuando pasó a ser una imposición, la casa se convirtió en una cárcel, y la comodidad se transformó en agonía.

Si al inicio había sido fácil, y hasta divertido, hacer picnic en la alfombra de la sala para evitar almorzar en la mesa de la cocina, ahora era un tedio. Llevar la basura hasta el depósito (porque no podíamos dejarla en la puerta trasera) parecía fácil, hasta que aprendimos cuán cansado podía ser caminar con tus propios desechos pestilentes por casi un kilómetro hasta poder deshacerte de ellos.

Pasamos a echar de menos hasta las cosas más simples: los desayunos en el jardín, el tímido aroma de las flores del arupo, el columpio de neumático viejo que colgaba del árbol y que llevábamos años ignorando. Ahora de pronto nos parecía casi urgente volver a mecernos en él.

Así comencé a odiar a la hiena. ¿Por qué continuaba en el jardín después de tanto tiempo? ¿Por qué no podían simplemente sacarla de nuestras vidas y devolvernos la normalidad? ¿por qué no podía regresar el camión que la trajo y llevársela?

La odiaba y, de alguna manera, también me iba acostumbrando a ella con cada día que pasaba. La hiena no parecía cambiar. Aunque fuera salvaje, no se mostraba atemorizante para mí. No hacía ruidos feroces, no enseñaba los dientes. Sabíamos que había matado y que mataba a sangre fría, pero ahí echada en el patio, parecía solo un perro viejo y perezoso. Vista así, la hiena no era más que una tediosa e indeseada habitante de mi jardín trasero que le había impuesto a mi vida una rutina que cada día detestaba más.

Al cabo de un tiempo, se nos acabaron las velas para entrar a la cocina en la noche. Y como era de esperarse, un buen día me rompí una uña del pie al darle una patada al marco de la puerta, en un intento estúpido por entrar a servirme un vaso de agua en la completa oscuridad.

“Así no se puede vivir”, refunfuñé y anuncié que, desde entonces, pasaba a estar permitido prender la luz de la cocina en la noche para evitar los riesgos de quebrarse un hueso. Ese mismo día determiné también que las cortinas podían permanecer abiertas. No solo porque era iluso pensar que, después de todos estos meses, la hiena no sabía que estábamos del otro lado, sino porque al menos merecíamos el derecho de mirar el bonito jardín que un día fue nuestro.

Sí, la hiena sabía perfectamente que estábamos ahí, tanto que la primera vez que me vio a la luz del día -mientras yo lavaba los platos y ella tomaba el sol junto a la mesa- no pareció sorprenderse. Ni siquiera pareció interesarle mi presencia del otro lado del vidrio.

El cruce de miradas me provocó un susto que duró unos segundos, pues su indiferencia me tranquilizó y así pasamos a ignorarnos mutuamente, o a fingir que nos ignorábamos.

Lo de las cortinas fue casi un experimento, y como funcionó, logré convencer a la familia de que dejáramos esa bobería de comer en la sala y que volviéramos a usar la mesa de la cocina. En pocos días, la normalidad había vuelto, al menos dentro de la casa. Afuera las cosas continuaban igual.

Para matar el tiempo jugábamos Scrabble, veíamos películas y horneábamos galletas con formas de animales (a excepción de hienas). Un día, mientras horneaba una bandeja llena de venados y conejos, me distraje viendo a la hiena que, por un instante, parecía estar intentando abrir la puerta de la verja que da a la calle. Cuando entendí que lo que estaba haciendo en realidad era rascarse el lomo y no largarse como yo tanto anhelaba, mis galletas ya se habían pasado de la hora y la cocina estaba comenzando a llenarse de humo. ¡Maldita hiena, hasta me quemó las galletas!, pensé.

Era demasiado humo para una cocina tan herméticamente cerrada, tenía que abrir la ventana o me iba a asfixiar. Como por instinto me precipité al cerrojo, pero me detuve, dudé, vi a la hiena que había dejado de rascarse y se acomodaba para dormir debajo del arupo, evalué el riesgo, tosí y dije “¡al carajo!” y abrí la ventana de par en par. Mientras el humo salía precipitadamente y yo volvía a respirar con normalidad, me quedé ahí con la vista inmóvil en la hiena durmiente. “Si pestañea, cierro la ventana al tiro”, pensé. Pero la hiena dormía con tanto desinterés que ni la nube de humo la sacó de su sueño.

No sé cuánto tiempo me quedé ahí frente a la ventana abierta, pero sé que el humo ya se había disipado por completo cuando comencé a sentir el aroma del pasto. Entonces me di cuenta que, por primera vez en nueve meses, estaba respirando el aire de mi jardín. Permanecí un largo rato mirando cómo las flores del arupo se mecían suavemente con el viento, cómo la mesa blanca se había llenado de polvo, cómo todo estaba ahí tan pacífico y tan bonito como siempre fue. Cuando salí de mi trance, la hiena se había despertado y se rascaba la pata derecha con sus dientes delanteros, como lo haría un perro con pulgas. Me llevé un susto por mi descuido y cerré la ventana apresuradamente.

En la noche le conté a la familia mi experiencia y el modo en que la hiena no se había inmutado de verme frente a la ventana abierta. Les hablé del olor del pasto, de las flores del arupo, del columpio de neumático, mientras todos me miraban como niños fascinados por una historia de fantasías. “Tal vez podríamos abrir de vez en cuando las ventanas”, me atreví a sugerir.

El incidente de las galletas sucedió hace un par de meses y desde entonces la ventana de la cocina permanece abierta toda la mañana. La cerramos en la noche o cuando no hay nadie cerca para observar a la hiena.

Hace tres semanas comenzamos a usar la mesa blanca del jardín. En una de las siestas de la hiena salimos con cuidado y arrastramos la mesa hasta dejarla muy cerca de la puerta de la cocina. No podemos desayunar ahí porque es la hora de la hiena tomar el sol, pero nos sentamos a beber el café de la tarde, mientras ella duerme debajo del arupo. Tomamos el café sin quitarle la vista de encima, y si se despierta corremos a escondernos.

Ya hace casi un año que la hiena llegó. Ella no ha cambiado, no parece interesarse por nosotros más de lo que antes, no parece ser más rápida, ni más feroz, ni más astuta. Sin embargo, sigue siendo hiena.

En la televisión vemos con frecuencia reportajes sobre ataques de hiena. En la radio se escuchan historias de los que se salvaron de uno de sus zarpazos mortales, y de los miles que no lograron escapar a tiempo. Las noticias son tan reales como es real la hiena que habita en nuestro patio trasero. Y aunque las oímos con consternación y miedo, no hemos dejado de abrir la ventana de la cocina en las mañanas, ni de tomar el café en la mesa del jardín.

Cada noche me reprocho mi negligencia y mi irresponsabilidad. Sé que la indiferencia de la hiena es falsa y que, de quererlo, podría lanzarme a cualquier hora uno de sus arañazos siniestros. Y, sin embargo, me hace tanta falta respirar el aroma tímido de las flores del arupo, necesito tanto tocar de vez en cuando el pasto humedecido por el rocío matinal. Y aunque estoy lejos de poder hacerlo, todavía sueño con sentarme en el columpio de neumático y mecerme feliz como cuando era niña.

Si la hiena un día se marcha, si conseguimos despertar de esta pesadilla, si recupero mi jardín, escribiré un relato acerca del placer de columpiarse en un viejo cilindro de caucho negro, con los pies desnudos, el cabello suelto al viento, la cabeza echada para atrás y la despreocupación única y deliciosa de quien no tiene una hiena acechando en su jardín.

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