Telegrama urgente para Dios

Quisiera volver a encontrar el modo de hablarle a Dios. Cuando era niña sentía como si yo tenía su número de teléfono privado porque nuestra comunicación era directa y me era tan fácil sentir que Él me escuchaba. Ahora lo siento tan lejano, como uno de esos amigos que uno continúa teniendo en el corazón, pero con el cual ya no se mantiene contacto.

Creo que he sido injusta con Dios, con cada golpe de la vida fui poniendo distancias con Él. Con cada partida, sobretodo aquellas imposibles de entender, lo llamé después de años solo para reclamarle, para preguntarle por qué había dejado que algo así sucediera. Y no tuve respuesta, y me sentí más distante. Después de mis quejas y reclamos esperaba una señal y solo había silencio.

Igual que a un viejo amigo a quien le hemos pagado con mucha ingratitud, ahora me doy cuenta de que en los buenos momentos nunca lo llamé. Cuando mi hija nació sana y salva, tras un parto de alto riesgo, no recuerdo haber parado para agradecerle. Cuando al cabo de 7 días hospitalizada, mi bebé salió en mis brazos, se recuperó, creció y se hizo una niña feliz y bonita, tampoco le atribuí a Él el mérito. No lo llamé para compartir con Él la alegría.

Y cuándo vinieron los logros, los éxitos, los momentos en que yo o los que amo nos libramos de algo terrible, no fue a Él a quien le di las gracias. Solo suspiré aliviada, tal vez invoqué Su Nombre, pero rápidamente me olvidé y seguí feliz con mi vida.

De hecho, invocar Su Nombre es algo que hago con frecuencia. Siempre espero que “Dios mediante” todo salga bien o que “Dios no permita” que algo salga mal. Siempre que alguien lo necesita le digo que lo tengo “en mis oraciones” y la verdad es que hace años que no consigo profesar una. Es como si con el tiempo, me hubiera olvidado de cómo hablarle a Dios.

Hoy, se me hace más urgente que nunca poder hablarle. He pasado los últimos cuatro días hurgando en la cabeza para ver si encuentro ese número directo que tenía en el pasado, o las oraciones que me permitan llegar al Él. Y en medio del miedo y la confusión, se vuelve aún más difícil articular palabras o escuchar Su Voz entre el ruido de aeropuertos y hospitales.

Mi hermana dice que yo soy capaz de convencer a cualquiera con mis habilidades de persuasión. Quisiera creer que esas habilidades aplican también para hablarle a Dios. Si Él me diera una breve audiencia, yo le presentaría mis puntos con el mayor rigor posible para hacerle ver que a mi madre todavía le queda mucho por hacer aquí en la tierra.

Pero cuando entramos de golpe en una pesadilla, nos cuesta más trabajo concatenar pensamientos, elaborar ideas, proferir oraciones. Es difícil hablar con Dios porque es difícil hablar hasta con uno mismo, y uno pasa horas y horas tratando de hacerle al cerebro entender ¿cómo es que una persona que el domingo estaba sana, el lunes fue a un control médico y el martes tuvo que ser intervenida de emergencia porque algo salió mal con un examen de rutina y ahora está en terapia intensiva luchando por su vida?

Estas palabras son un primer y rudimentario intento por hablarle a Dios. No que yo piense que Él lee blogs o navega en la Internet, pero sé que por alguna parte tenía que empezar. Estas palabras también son un pedido para aquellos que tienen la fortuna de hablar con Él a diario, para que intercedan por mí, le cuenten de mi caso y le avisen que estoy tratando, con urgencia, de comunicarme con Él.

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