Violencia doméstica en casa de las Maritacas

Desde la ventana, este es el ipacho florido que las maritacas y yo contemplamos. Este texto lo escribí en junio (el mismo día que tomé esta foto) Ahora lo publico en julio, cuando la seca ha dejado al árbol ya totalmente desnudo, para tristeza mía y de las maritacas.

El caso de violencia doméstica de mis vecinos ha comenzado a preocuparme. De un tiempo acá he visto la situación ir escalando y ya he tenido que llegar al punto de verme obligada a intervenir.

Me mudé a este apartamento hace unos cuatro meses, tras arribar a la ciudad de Brasilia, pero el problema solo comenzó hace un par de semanas, cuando noté que esta familia se había mudado a vivir justo encima del estudio donde yo trabajo.

Este apartamento está en el sexto y último piso de un antiguo edificio, de modo que técnicamente no hay ningún otro piso sobre mí. Digamos que la vivienda de los vecinos constituye más bien una invasión a la propiedad privada. Para ser precisos, se trata de un nido, improvisado en una hendija entre mi tumbado y el techo mismo del edificio, un hueco que ahora es la residencia de una familia de maritacas.

¡Ah las famosas Maritacas! Me hablaron de ellas tan pronto llegué a la ciudad, pero no creí que las tendría justamente de vecinas. Hoy, buscando la traducción más fiel del portugués al español para explicar qué son las maritacas, descubrí que su nombre viene de una antigua lengua aborigen y que significa nada menos que “cosa ruidosa”.

Así pues, la Familia de las Cosas Ruidosas se ha mudado a vivir aquí. La entrada de su vivienda está justo en la esquina superior izquierda de mi ventana. Y cuando salen a reflexionar, o resuelven discutir justo en la puerta de su casa, estamos tan cerca ellas y yo que casi podría tocarlas.

En las tardes, cuando hago una pausa en el trabajo para admirar las hermosas flores rosadas del Ipacho (un árbol típico de la sabana brasileña, llamado en portugués de Ipê) ya están ellas en sus grandes discusiones perturbando mi acto de contemplación. Yo les echo una mirada de aquellas que se les da a los vecinos mal comportados, y les digo un “Boa tarde” así malhumorado y con tono reprobador. Ellas, por su parte, no paran ni para devolverme el saludo, ni se inmutan con mi presencia.

A veces, cuando solo hay una maritaca parada en su puerta y está en calma, hacemos contienda de miradas silenciosas. Ahí nos quedamos largos minutos viéndonos las caras, yo admirándole las verdes mejillas, ella escudriñándome mis aburridas facciones de ser humano. Generalmente, es ella la primera en cansarse, levantar el vuelo y partir. Ahí me quedo yo esperando que llegue el nuevo pelotón de maritacas a gritarse vituperios mientras entran y salen de su casa justo encima de mi ventana.

Hoy me parece que la disputa se puso aún más intensa. He visto una salir del nido con una pluma en el pico, lo que me ha llevado a pensar que la cosa ya pasó de los insultos a la violencia física. Por mi parte, a parte del saludo de reproche, no me quedará más alternativa que hacerme de la vista gorda. Al fin, en asuntos de familia ajena es mejor no intervenir.

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