Singapur: de la penuria a la prosperidad

Este es mi artículo sobre la extraordinaria ciudad/estado de Singapur. Se publicó en Ecuador en la revista Mundo Diners de noviembre de 2015 y como siempre aprovecho para compartirles el texto también aquí:

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Fue con lágrimas en los ojos que el 9 de agosto de 1965, el Primer Ministro Lee Kuan Yew tuvo que anunciar a su gente que Singapur había sido expulsado de Malasia y se convertía, a partir de entonces, en un país independiente. No había nada que celebrar en esta recién adquirida independencia. “Es para mí un momento de angustia”, fueron de hecho las palabras Kuan Yew. Angustia pues aquel nuevo país no contaba con recursos naturales, ni vivienda, ni educación, ni empleo. Comenzaba su historia como nación en total incertidumbre.

Hoy, exactamente 50 años después, llegar a Singapur en el pleno mes en que celebran su independencia es para encontrarse un ánimo de fiesta en cada esquina: las ventanas de los edificios embanderadas, show de fuegos pirotécnicos en la bahía y espectáculo de luces cada noche. Aquello que comenzó con las lágrimas del líder nacional, hoy se conmemora con bombos y platillos. Y es que si entonces no había nada que celebrar, hoy hay mucho: el producto interno bruto de Singapur crece en un promedio de 6% al año, 80% de sus habitantes tiene vivienda propia y su tasa de desempleo es menor al 2%. En tan solo cinco décadas, el país se convirtió en una potencia económica mundial, que crece incluso más allá de los horizontes que la naturaleza le ha impuesto.

Cuando el mar no es el límite

Ubicada en el extremo sur de la península malaya, en el Sudeste Asiático, la isla de Singapur es mucho menor que la isla Puná, en Ecuador. Cuando se inauguró como nación, comprendía solo unos 580 kilómetros cuadrados, pero con los años su área total ha crecido en un 20%.

Un ambicioso proceso para rellenar sus costas con arena importada de países como Camboya e Indonesia le ha permitido a esta ciudad-estado ganar cada vez más territorio al mar. Se calcula que solo en 2008, Singapur importó unas 14 toneladas de arena por un valor de más de 170 millones de dólares. Todo ello, para continuar alimentando proyectos como Marina Bay, un complejo con imponentes edificios de oficinas y un campo de golf, que se erige donde años atrás tan solo había agua.
borrar3Con una población que en las últimas décadas se ha duplicado, hasta llegar a 5,5 millones y que para 2030 podría alcanzar casi 7 millones, expandir el territorio es una prioridad, pero también lo es proveer cama para tanta gente. Y en este aspecto, Singapur se enorgullece en decir que la gran mayoría de sus habitantes tiene casa propia.

En un breve paseo por la ciudad, los edificios de apartamentos con financiamiento estatal son fácilmente divisables, pues se extienden como una telaraña en medio de los rascacielos y los más suntuosos ejemplares de la arquitectura moderna. El gobierno asegura que estos apartamentos, que pueden llegar a costar unos 200 mil dólares, son accesibles para cualquier ciudadano. El sistema se sostiene a través del Fondo Central de Providencia (CPF, en inglés) hacia donde va un 37% del salario de todo trabajador (20% lo cubre el empleador y 17% el empleado). Los ciudadanos pueden accede a un préstamo hipotecario del CPF para pagar la entrada del departamento, y financiar el valor mensual de la hipoteca a plazos de 20 o 30 años. Aún mejor, quienes compran por la primera vez reciben un importante subsidio del Estado.

La promesa es que aquí todo ciudadano puede tener una casa… ahora, un auto es otra historia. Si poseer una vivienda es una prioridad; en Singapur, ser dueño de un coche es un verdadero lujo reservado para pocos.

Donde todo marcha sobre ruedas

borrar4Imaginemos la isla Puná poblada de millones de personas con la solvencia económica suficiente para comprar el auto que quieran. ¿Cómo luciría ese pequeño lugar abarrotado de coches? En 1990, el Gobierno de Singapur advirtió el caos en el que podría convertirse su minúsculo país y resolvió establecer el llamado Certificado de Propiedad (COE, en inglés), que no es otra cosa que un permiso para poder poseer un auto. Quien no pueda pagar el alto costo del COE, no podrá comprar ningún vehículo con motor, sea este un camión o una simple motocicleta.

Cada año se emite un determinado número de certificados, lo que significa un determinado número de coches circulando por las calles. Los certificados de propiedad son sometidos a una subasta pública y otorgados al mejor postor, y por improbable que parezca, hay casos en que el valor del COE puede superar el propio costo del coche.

El proceso está regulado por un complejo sistema burocrático que determina la tasa de crecimiento del parque automotor permitida para cada año, las categorías para cada tipo de vehículo y el valor del COE por cada categoría. Y para hacerlo aún más complicado: si al cabo de 10 años el propietario desea mantener su certificado de propiedad, deberá deshacerse de su auto y comprar uno nuevo. Si opta por conservar su coche “viejo”, tendrá que pagar extra para renovar su COE. La idea es evitar la circulación de autos antiguos que puedan contaminar el ambiente. De ahí que Singapur es actualmente el segundo mayor exportador mundial de carros usados, después de Japón.

La consecuencia obvia de esta política es que una gran mayoría de los habitantes prefiere utilizar el altamente eficaz sistema de transporte público, antes que someterse al estrés y al derroche de dinero que representa adquirir un vehículo. Tomar un autobús en Singapur es sencillo y no podría ser más seguro, pues desde hace años la isla encabeza las listas de las ciudades menos peligrosas del mundo. Lo que es más: según Transparencia Internacional, también es el país menos corrupto de toda Asia.

Sin miseria a la vista, sin tráfico en la calle, sin violencia y sin corrupción, parecería que el único motivo de preocupación de un ciudadano aquí es el calor tropical que hace a lo largo de todo el año. En suma, esta pequeña ciudad-estado es un edén; sin embargo, hay quienes consideran que las reglas para vivir en ese edén pueden ser demasiados estrictas. En este pacífico rebaño, las ovejas negras expurgan sus pecados con prisión, castigo físico o la pena de muerte.

El pedregoso camino al paraíso

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Tras pasar de ser una colonia inglesa, a territorio tomado por los japoneses en la Segunda Guerra Mundial, en 1963 Singapur había encontrado su lugar en el mundo como parte de Malasia, su país vecino. Pero al cabo de tan solo dos años, y tras una serie de desavenencias, el parlamento malayo votaba por unanimidad para expulsar a Singapur de su federación.

Con una mano delante y otra detrás, el líder nacional Lee Kuan Yew resolvió que lograría lo imposible: no solo levantar un país de la nada, sino además convertirlo en una potencia mundial y en un magnífico lugar para vivir. Con tanto éxito alcanzó su objetivo que 50 años después, es su nombre el que se lleva todos los aplausos y todas las loas, durante las celebraciones de independencia. Pero para lograr su meta, este abogado graduado en Cambridge consideró preciso mantenerse más de tres décadas en el poder y establecer mano dura para castigar cualquier cosa que se interpusiera en el camino del progreso: sea esto un político corrupto o un ciudadano que ensuciara la ciudad, escupiendo chicle en la calle. Gracias a esta filosofía, Singapur es ahora un país donde no se encuentra corrupción en ningún organismo del Estado, aunque tampoco chicle en ningún supermercado.

Sin recursos naturales, la pequeña isla no tenía nada que vender al mundo. De modo que era preciso encontrar otras formas de hacer dinero. La solución de Lee Kuan Yew para sobrevivir fue el libre mercado. Según la opinión del empresario Helio Ciffoni, la estrategia fue clara y efectiva: “el país tenía que mostrarse atractivo para la inversión extranjera (…) así que capacitó a su población para ofrecer trabajadores calificados, convirtió su puerto y aeropuerto en patrones mundiales y atrajo a la isla, casi obligatoriamente, todo el tráfico de mercancías y pasajeros entre el Sudeste Asiático, Europa, Oceanía y el Oriente Medio”, explica Ciffoni, un brasileño con 17 años de experiencia en negocios entre Asia y América Latina.

El siguiente paso fue establecer reglas tributarias claras y tasas atractivas para empresas e inversionistas, todo lo cual hizo de Singapur un estupendo lugar para hacer negocios. “Hay un ambiente bastante propicio y es un país muy amistoso. Como latinoamericano me siento respetado y constantemente instado a compartir mi propia visión de negocios”, concluye Ciffoni, quien vive en la isla desde 2014.

Al igual que Ciffoni, la opinión de Ricardo Wilke, consultor e inversionista en el área de telecomunicaciones, no podría ser mejor. “Singapur es la prueba de que un país puede ser eficiente sin sobrecargar fiscalmente a sus contribuyentes. Las tasas tributarias son muy bajas y sin embargo, una excelente administración pública garantiza servicios de altísima calidad para la población”, destaca Wilke quien se mudó a Singapur desde Brasil en 2009.

Cuestionado sobre los aspectos negativo del país, Wilke solo apunta el alto costo de vida y la distancia que hay con América Latina. “Son pocos los familiares que están dispuestos a venir a visitarnos”, confiesa. Sin embargo, hay quienes consideran que los defectos de Singapur van un poco más allá, aunque de ellos no se hable tan abiertamente.

¿Democracia a cambio de progreso?

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En Singapur hay elecciones regulares, el voto es secreto y obligatorio y no se reportan casos de fraude electoral. Sí, en Singapur hay elecciones ¿pero hay democracia?. El partido oficialista (PAP) fundado por Lee Kuan Yew, y ahora liderado por su hijo Lee Hsien Loong, controla el Gobierno desde el mismísimo nacimiento del país. De acuerdo con un reciente informe de la revista The Economist, una serie de leyes y estrategias facilitan esta legendaria permanencia del PAP en el poder.

Constantes campañas para desacreditar a la oposición, juicios por difamación, con subsecuentes multas astronómicas que han conducido a los inculpados a la banca rota, leyes electorales que dan prioridad al Gobierno para decidir sobre los sufragios y una prensa oficialista acrítica, son algunos de los aspectos que destaca The Economist como evidencias de la débil democracia que existe en la isla. Y si a esto se suman las severas leyes penales, que incluso pueden autorizar el castigo físico para punir ciertos crímenes, resulta imposible no cuestionarse ¿es que Singapur aceptó sacrificar ciertas libertades en nombre del progreso?.

Pero en este país, con su excelente nivel de vida, no todos consideran que existe tal sacrificio. “Jamás sentimos ningún abuso del poder, lo que existe sí es un primor por el orden (…) Además, en un mundo globalizado es difícil manipular ideas, sobre todo en un país con la mayor cobertura de Internet del planeta”, argumenta Wilke.

Su opinión coincide, de cierto modo, con el reporte de The Economist, que alega que últimamente el tenor del debate político en Singapur está siendo transformado por lo que sucede en Internet. Cada vez más jóvenes están recurriendo a la Web para informarse de un modo más equilibrado. Y de un tiempo acá, es en Internet donde se están revelando las dudas e inconformidades de la ciudadanía; una ciudadanía que aunque satisfecha, ha comenzado a apreciar el valor de la alternancia en el Gobierno.

La conclusión que a la que está llegando Singapur es que aunque las cosas marchen bien y todo sea desarrollo, orden y felicidad; lo cierto es que a ninguna sociedad progresista le satisface ver la misma cara en el poder cada día, todos los días, año tras año, tras año…

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