La nación de los trabajadores exhaustos

Después de algún tiempo recogiendo relatos de algunos trabajadores en Japón, junté las historias para este artículo que se publicó en la revista Mundo Diners de Ecuador en agosto. Les comparto el texto, aunque la versión completa también la pueden hallar en la página web de la revista

¿Cuántas muertes por exceso de trabajo deben haber en un país para que este decida crear una palabra específica para nombrar tal tragedia? En Japón el término karoshi existe desde hace varios años y significa exactamente eso: morir por trabajar demasiado.

En 2013, según el Ministerio de Salud, casi 200 japoneses fueron víctimas de karoshi. Algunos sufrieron enfermedades cerebrales o del corazón y otros simplemente llegaron al extremo de acabar con su vida. Ese fue el caso, por ejemplo, de Mina Mori, quien se suicidó luego de haber pasado meses trabajando más de 12 horas diarias en una cadena de restaurantes. Ella tenía 26 años. La tragedia de Mori es solo una entre muchas. Y dado que un buen número de casos no llega nunca a hacerse público, en Japón se sabe que la cifra de personas muriendo o sufriendo enfermedades por culpa del exceso de trabajo es mucho mayor a la oficial.

Los grandes centros financieros como Tokio y Osaka están habitados por una sociedad de personas cansadas, algunos porque no tienen otra alternativa más que trabajar hasta el agotamiento y otros porque sufren de adicción al trabajo, una adicción que se traduce en interminables jornadas en la oficina, pocas horas de sueños y cada vez menos días de vacaciones.

La paradoja: Japón es uno de los países con más días de descanso al año. En 2014, y con el fin de estimular a sus ciudadanos a trabajar menos y descansar más, el Gobierno creó un nuevo feriado nacional (el día de la montaña), completando así 16 días de feriado al año, casi el doble de lo que se acostumbra en el Ecuador. A los feriados se suman 18 días de vacaciones pagadas, a los cuales en teoría todo empleado tiene derecho.

Pero la realidad está lejos de reflejar lo que dicta la ley. En la práctica, la mayoría de trabajadores solo tiene acceso a 10 días de vacaciones, los cuales difícilmente llegan a ser aprovechados. De hecho, según cifras del propio Gobierno, menos de la mitad de los empleados japoneses está gozando plenamente de sus días de descanso anuales (…)

Una adicción que se volvió costumbre

¿Por qué Japón ha llegado al punto de tener que obligar a sus ciudadanos a tomar vacaciones? ¿Qué retiene a los japoneses durante tantas horas en sus oficinas? En el proceso para intentar responder estas preguntas, sorprende descubrir que la mayoría de aquellos que trabajan en exceso ven su jornada como algo normal.

“Es verdad que salgo del trabajo tarde, pero también llego tarde, así que supongo que está bien”, reflexiona Megumi Onno, quien dirige una escuela de idiomas en el centro de Tokio. Onno trabaja seis días a la semana, incluidos feriados, y nunca menos de 10 horas diarias. “De hecho, los sábados casi siempre me quedo 12 horas”, ella misma admite. Su único descanso es el viernes y jamás toma más de cinco días de vacaciones al año.

A Susumu Miyajima, funcionario de una compañía de comercio, tampoco se le ocurría nunca ausentarse más de cinco días de su oficina, a pesar de que tiene acumulados 30 días de vacaciones. “En mi empresa no hay casi nadie que tome más de cinco días, así que yo tampoco lo hago. No necesito más que eso para descansar”, dice Miyajima, apuntando a uno de los principales factores que alimentan la adicción al trabajo en este país.

Una combinación de inseguridad acerca de su estabilidad en la empresa, sumada a una férrea competencia por demostrar su compromiso laboral, conduce a que los empleados japoneses se enfrenten a un peculiar dilema: tomar un merecido descanso o correr el riesgo de ser criticados por sus jefes o quedar atrás frente a sus colegas.

“Mis compañeros dicen que parece que yo siempre estoy de vacaciones”, relata Toko Nakamura, quien trabaja en una compañía de seguros y siempre procura tomar 20 días de descanso al año. “Ellos podrían descansar igual que yo, pero escogen no hacerlo. A veces toman un día libre para ir al médico, pero nada más”.

Irónicamente, si el exceso de trabajo llega a producir complicaciones en la salud de un empleado, este deberá invertir sus propios días de vacaciones para recuperarse, pues son muy pocas las empresas en Japón que tienen permiso por enfermedad.

“Mi compañía tiene 70 sucursales en todo el mundo y la única que no tiene permiso por enfermedad es esta en Japón”, admite Nakamura. “Incluso si tengo una cita con el médico a las 10:00, por ejemplo, tengo que descontar medio día de mis vacaciones”, con lo cual los días de descanso se disminuyen.

A las breves vacaciones, se suman las largas horas de trabajo. “Mi marido siempre se está quejando de que tiene sueño”, comenta Yuki Urata. Su esposo es ingeniero en sistemas y aunque sale de la oficina a las 20:00, siempre continúa trabajando en casa. “A veces se queda despierto hasta la madrugada, otras veces se levanta a las 03:00 para trabajar hasta que llegue la hora de ir a la oficina”, relata Urata, quien tuvo una hija hace pocos meses. “Él no tiene tiempo para ver a la bebé y temo que eso sea un gran problema para nuestra relación en el futuro”, confiesa.

A pesar de que existe permiso por paternidad, solo un 3% de los hombres japoneses reclama este derecho. Es más, de acuerdo con una encuesta del Ministerio de Salud, un gran porcentaje de los hombres pasa tan solo una hora al día en contacto con sus hijos. “La norma social en Japón es priorizar las responsabilidades del trabajo, antes que las obligaciones con la familia o la comunidad”, detalla Rika Morioka, una especialista en salud pública.

En el compromiso por aumentar la productividad del país, sus ciudadanos están dispuestos a sacrificar el tiempo con sus familias e incluso su salud física y emocional. Japón es un barco rumbo al progreso, en el que todos están remando hasta el agotamiento. Lo irónico es que a pesar del esfuerzo, nada se ha movido de su lugar. Hace más de 20 años que la productividad de este país se mantiene estancada.

Otras vidas, otras posibilidades

“Te dicen que para ser buen empleado debes renunciar a tu tiempo libre y tu privacidad. Para mí ese era un precio demasiado caro que pagar (…) Comencé a preguntarme por qué la gente quería hacer esto, por qué tenía que ser tan difícil disfrutar la vida y pasar tiempo con tu familia”, relata Masatsune Kon, recordando su tiempo en Tokio.

Hijo de madre polaca y padre japonés, Kon decidió mudarse a Japón en 2012, para trabajar en una compañía de automóviles. Al cabo de dos años renunció y regresó a Europa. La sobrecarga de trabajo acabó por agobiarlo. “Un colega sufrió un infarto por exceso de trabajo (…)Mi jefe me enviaba emails a las 2:30 de la mañana, y yo aprendí a dormir de pie en el tren. La atmósfera de resignación y la falta de perspectiva de cambio me asustaban”, reflexiona Kon, quien ahora vive en Alemania y disfruta de un horario de trabajo razonable. Como él, un buen número de jóvenes en Japón se resiste a pensar que la responsabilidad con el trabajo sea más importante que el bienestar personal y familiar.

En busca de un ambiente laboral menos agobiante, un par de empresas de Tokio y Osaka han resuelto trasladar una parte de sus operaciones a oficinas satélite en el diminuto y apacible pueblo de Kamiyama, escondido en medio de un bosque de cedro, algunos kilómetros al sur de Osaka. La idea comenzó como un intento de atraer habitantes al casi abandonado pueblo, y ha cautivado ya a varios jóvenes emprendedores, como el diseñador web Kiyoharu Hirose, quien se mudó aquí en 2014 con su esposa y dos hijos.

Todas las mañanas, Kiyoharu va a pescar antes de ir a su oficina, ubicada en una antigua casa de madera, donde trabaja en jean y camiseta. Sus hijos estudian a pocos metros de ahí, y tras salir de la escuela, pasan horas jugando en el río, antes de volver a casa.

Un cuadro idílico, y a la vez la realidad de algunos intrépidos que se cansaron de vivir en apartamentos diminutos, compartir la misma ciudad con millones de personas y pasar horas dentro de trenes abarrotados, para ir a trabajar jornadas de 12 horas. En contraposición, Kamiyama tiene solo 6000 habitantes, los trabajadores aquí caminan por el bosque para llegar a la oficina, y a casi ninguno se le ocurría sacrificar una tarde en el río, por quedarse más tiempo delante del computador.

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