El testigo mudo de la historia de Camboya

En julio publiqué en la revista Mundo Diners, del Ecuador, este artículo  sobre las ruinas de Angkor Wat en Camboya. Como siempre, me permito compartirlo aquí con los amigos que no lo leyeron en su versión impresa. Una vez más,  casi todas las fotografías son obra de mi querido Fábio.

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Cuando en el año 1150, el rey Suryavarman II recorría los altos corredores del templo que le tomó casi 40 años construir, jamás habría imaginado que, siglos después, el que un día fue uno de los imperios más prósperos y desarrollados de su época, se convertiría en uno de los países más pobres del Asía moderna. Quizás tampoco pudo suponer que casi un milenio después, la edificación que ordenó erigir continuaría incólume y sería admirada por toda la humanidad como el monumento religioso más grande del mundo.

En Siem Reap, una pequeña y empobrecida ciudad al norte de Camboya, las ruinas del antiguo imperio Khmer (que habitó aquí entre los años 900 y 1500) se extienden alrededor de kilómetros, en medio del espeso bosque. Para explorar las ruinas hace falta un guía y al menos 4 días de extenuantes recorridos, bajo un sol de 40ºC. Y aunque llegar aquí, para muchos, representa una verdadera travesía (desde el Ecuador se requieren entre 30 y 50 horas de viaje) anualmente al aeropuerto de Siem Reap arriban unos 2 millones de turistas de todo el mundo, ávidos por conocer la religiosidad budista e hinduista o simplemente curiosos por escuchar las historia que el conjunto de piedras del Parque Arqueológico Angkor Wat tiene para contar.

Un inmenso portal, coronado por atemorizantes rostros de piedra de al menos 3 metros de diámetro cada uno, da la bienvenida a esta ciudad amurallada. El primer punto a visitar es ineludiblemente Angkor Wat, el templo del rey Suryavarman II y el que da el nombre al parque.

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La entrada al conjunto de templos de Angkor Tom está rodeada por cuatro grandes portales de piedra. Esta fotografía fue del agrado de los editores de la revista, por lo cual ocupó dos páginas completas, con las cuales se abrió el reportaje.

Protegido por un canal de agua de 190m de ancho y 1.5km de extensión, Angkor Wat (cuyo nombre significa Ciudad Sagrada) era el centro del imperio y es actualmente la más imponente edificación del parque arqueológico. Sus paredes están decoradas por una infinidad de murales de piedra, en alto relieve, tallados a mano y que reproducen escenas de la fe hinduista. Las columnas conservan inscripciones en sánscrito que dan cuenta de la gloriosa historia de esta extinta civilización.

Aunque Angkor Wat fue construido bajo la fe hinduista; en el año 1500, cuando el impero Khmer perdió la guerra contra el imperio Siam (hoy Tailandia), el Budismo se implantó con rigor. Tras su derrota, la civilización Khmer lentamente se evaporó. Las edificaciones, que hoy albergan a tantos miles de visitantes, quedaron abandonas y permanecieron más de tres siglos escondidas al abrigo del bosque, sin que nadie volviera a pisar sus corredores. Solo en 1860, cuando un expedicionario francés descubrió la existencia de las ruinas, el lugar volvió a la vida, atrayendo un sinnúmero de investigadores.

Durante las primeras décadas del siglo XX, la fama de este místico lugar se expandió, y los turistas empezaron a interesarse por visitarlo. Sin embargo, en 1970 cuando Siem Reap comenzaba a recibir las primeras olas de turistas occidentales, estalló en Camboya una cruenta guerra civil que detuvo todo el avance del turismo y volvió a sumir a las ruinas de Angkor Wat en el silencio.

La pesadilla de la dictadura roja

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Las imágenes decapitadas nunca fueron retiradas de los templos.

En 1975 la guerra civil en Camboya culminó cuando el movimiento revolucionario de los Khmer Rojos tomó el poder político del país.

El grupo ultra comunista, encabezado por su líder Pol Pot, dispuso que todos los habitantes de las zonas urbanas emigraran al campo para trabajar en la agricultura y ordenó la ejecución de todos los intelectuales, artistas y escritores de la época.

A pesar de que la mayoría de los camboyanos practicaba el Budismo, los Khmer Rojos dispusieron que se retomara el Hinduismo como principal religión y protagonizaron persecuciones a los monjes budistas, así como a los devotos del Islamismo y el Cristianismo.

Muchas de las majestuosas estatuas budistas de Angkor Wat también fueron víctimas del extremismo de los Khmer Rojos, quienes arrojaron decenas de imágenes al río, pulieron las piedras para que las estatuas perdieran sus rostros y, en muchos casos, cortaron las cabezas de las figuras de Buda.

Sin embargo, la fe budista sobrevive con tal fuerza en Camboya que aún hoy es posible encontrar en Angkor Wat decenas de estos Budas degollados, colmados de flores y ofrendas de sus fieles y luciendo elegantes mantos de seda amarillos y naranjas; colores que, según el Budismo, están vinculados con la humildad y la renunciación.

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Desde el siglo XVI, el Budismo es la religión más ampliamente practicada.

En 1979, cuando Camboya retornó a la democracia, la guerra civil y la pesada dictadura comunista habían causado profundas heridas al país. Se cree que durante esos años, unos dos millones de personas habrían muerto debido a fusilamientos, hambruna y trabajos forzados, lo que representaba más del 30% de la población en ese entonces.

Hoy, casi 35 años después, Camboya aún conserva las huellas de la guerra. Existen al menos 40 mil casos de personas afectadas por la explosión de una mina antipersona y se calcula que en el país todavía hay unos 4 millones de minas diseminadas en zonas rurales. Los accidentes generados por estos explosivos -colocados por rebeldes, militares e incluso tropas vietnamitas y estadounidenses- han ubicado a Camboya en la lista de los países con más alto número de habitantes mutilados.

Ninguno de estos trágicos eventos pudo haber sospechado el rey Suryavarman II que habrían de suceder en las mismas tierras donde, en los siglos X XI y XII, solo había bonanza y esplendor. La suya era, para entonces, la ciudad más amplia y sofisticada del mundo pre-industrial. Hoy se sabe que estas místicas ruinas habrían albergado a una población de aproximadamente 1 millón de personas, en medio de una infraestructura aún más desarrollada que la de cualquier ciudad occidental de la época.

Y aunque en su historia moderna, Camboya debió enfrentarse a la pobreza y la guerra; las ruinas, que hasta hoy perduran en medio de los bosques de Siem Reap, son el testimonio de que estas tierras fueron las más prósperas y gloriosas y, para los camboyanos, son también la esperanza de que un día lo volverá a ser.

Un encuentro con el misticismo

Tan pronto Camboya recuperó su estabilidad política, el turismo se reactivó y creció rápidamente, sobretodo gracias al generalizado interés por Angkor Wat. Hoy, junto con la industria textil, el turismo es la principal fuente de ingresos del país.

A pesar de la pobreza, Siem Reap se ha convertido en una vibrante ciudad llena de hoteles y restaurantes. Las minas antipersona fueron completamente erradicas en Angkor Wat y las zonas aledañas. El aeropuerto de esta pequeña ciudad, cuya población no supera a la de Loja, recibe diariamente vuelos de unas 20 aerolíneas internacionales.

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Los místicos rostros del templo de Bayon.

El recorrido por el parque arqueológico puede ser efectuado en auto o incluso sobre el lomo de uno de los tantos elefantes que pasean por los caminos de Angkor Wat. Además de la edificación principal, existen al menos una veintena de otras espectaculares construcciones que convocan un gran número de turistas.

Una de ellas es el imponente templo de Bayon, decorado por 216 gigantescos rostros sonrientes de Avalokiteshvara, una de las figuras del Budismo. El lugar fue uno de los escenarios de las aventuras de Angelina Jolie en el filme Tomb Raider.

A pocos kilómetros de ahí, el templo de Ta Phrom es un tributo a la fecundidad de la naturaleza. Construido en 1186, el templo sobrevive bajo la sombra de gigantescos árboles que, durante siglos, expandieron sus raíces entre las piedras, hasta aplastar la sólida construcción y apoderarse de ella, creando un escenario casi irreal.

Alejándose del centro del parque, es posible conocer ruinas aún más antiguas (de los años 900) e incluso visitar el museo de la mina, donde se exhibe una variedad de armamento desactivado tras la guerra. El lugar sirve de refugio para muchas víctimas de minas antipersona imposibilitadas de trabajar y permite a los visitantes conocer más de la historia moderna del país.

En suma, una visita a Siem Reap proporciona una visión de la paradójica realidad de Camboya: donde los vestigios de un pasado glorioso conviven con las evidencias de un duro presente. Sin embargo, un recorrido por estos polvorientos caminos camboyanos es ante todo una incomparable oportunidad para acercarse a la religiosidad, el esplendor y el misticismo del Sudeste asiático.

Sobre la publicación

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Tras mi viaje a Tailandia y Camboya en febrero de 2013, escribí este reportaje para la revista Mundo Diners de Ecuador, el cual fue publicado en la edición de julio. No había tenido oportunidad de subirlo al blog sino hasta ahora. 

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