Mami, la bailaora de flamenco de Nagasaki

mamiSi rescribiéramos la historia, Mami habría nacido en Andalucía. No hablaría japonés, sino aquel característico castellano del sur del España. En esta nueva historia, cada abril, Mami iría a la Feria de Sevilla luciendo sus mejores vestidos. Mami tendría un closet lleno de vistosas faldas y los más delicados y elegantes mantones.

Si rescribiéramos la historia, Mami engalanaría los más famosos tablados con su zapateado y sus castañuelas. Sus pasos de flamenco generarían ovaciones de públicos de todas las edades y su escuela de flamenco no sería un pequeño salón en Tokio, sino una institución conocida en toda España.

Esa es la historia que, si pudiera, yo habría escrito para Mami, aunque en ella yo jamás la hubiera conocido, pues Mami no habría precisado aprender español y, por tanto, yo nunca habría sido su profesora.

Esta noche, Mami se despidió de mí con lágrimas en los ojos. Tras casi un año, hoy fue nuestra última clase. Ella continuará yendo a la escuela, como viene haciéndolo desde hace 10 años, pero yo no seré su profesora. Para despedirse ella me dio un pequeño regalo, y yo resolví escribirle la historia que me habría gustado que hubiera tenido su vida.

Pero la verdadera historia es que Mami nació en Nagasaki hace más de 50 años. A pesar de las vicisitudes y las dificultades económicas, toda la vida fue una amante de las artes escénicas: estudió música clásica, ballet, teatro y caligrafía.

Desde hace 25 años, Mami baila flamenco en pequeños teatros y administra una modesta escuela, también de flamenco, con alrededor de 10 alumnas, todas ella japonesas.

Como vivir del arte en una ciudad tan apabullante y competitiva como Tokio es un lujo reservado para pocos, para financiar su pasión, en las noches y madrugadas Mami es dependienta en una sucursal de McDonald’s. Cuando termina de trabajar (a veces a la 01:00, a veces más tarde) camina durante una hora para llegar a su casa, pues no hay otro transporte que la lleve de regreso.

La historia de Mami no es fácil y sin embargo, jamás parece añorar que le hubieran escrito una más colorida o más feliz. Después de embutirse una hora en el tren, llega contenta a su lección semanal de español y saca de su cabeza esas palabras que jamás ha tenido oportunidad de usar fuera del aula y cuenta sus historias con un sincero buen humor.

Después de 10 años estudiando, el español de Mami es un enredo extravagante que no tiene caso corregir. De ahí que, lo único que hice durante todos estos meses, fue sentarme frente a ella y dejarla sacar sus palabras. Una a una para montar la historia de su vida, no la historia que se merecía, ni la que habría soñado tener, solo la historia que pudo construir, la que ha vivido durante estos 50 y tantos años.

Yo a Mami no le enseñé nada, pero con ella aprendí mucho. Aprendí lo que es vivir por un sueño y ser fiel a él durante décadas, sin esperar que te haga famosa o te vuelva rica, seguirlo solo por el más sincero amor al arte. Y cada noche fajarte en tu trabajo sin reclamar, porque mañana volverás a bailar y bailar y bailar y bailar hasta que el tablado quede en silencio y todas las luces se apaguen.

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