Aves del sur

 Desde mi ventana

 

Hoy en Ginebra hace una tarde de otoño como uno quisiera que fueran todas las tardes de Otoño. Desde esta gran ventana puedo ver los Alpes ya con nieve y en el fondo, junto al lago Lemán, los árboles lucen hojas que parecen bronceadas por el generoso sol del pasado verano.

Hoy es jueves en Ginebra, hoy las tiendas estarán abiertas hasta tarde y que en barrio de Les Grottes habrá feria de frutas y verduras hasta las 22:00. El tiempo está tan agradable que la feria seguro se llenará de gente, pues tiene una estupenda oferta de quesos y panes, y los locales disfrutan de ir ahí al salir del trabajo, para tomarse un vino de pie mientras otros hacen la compra.

Son las 16:30 y el espectáculo del ocaso ya ha comenzado, los edificios del otro lado del Ródano se han empezado a pintar de amarillo y hay pájaros cruzando sobre el río con la prisa de quien se atrasa a cumplir con algún compromiso. Yo disfruto de decir que son pájaros que no consiguen pagarse vacaciones fuera de casa, y están obligados a pasar el invierno aquí. Me burlo de ellos y sin embargo, agradezco tanto que se queden.

Cuando el invierno esté en pleno esplendor y estas montañas estén totalmente cubiertas de nieve, yo cumpliré dos años de haberme mudado a Ginebra. Ahora hablo francés y ya no pienso más en japonés. Hoy conozco todos los caminos de esta ciudad y el mapa de Tokio es cada vez más difuso en mi cabeza. Japón parece tan distante, Suiza tan presente; y sin embargo, sé que los dos se borrarán de mí cuando me haya ido.

Hay las aves, como estas que ahora vuelan sobre el río en pleno noviembre, que se quedan a pasar los inviernos, y hacen nido en un solo lugar. Y habemos las aves a quienes el sur nos llama. Aves que traemos, por un tiempo, nuestras plumas hasta aquí, pero que le pertenecemos a otras latitudes, y a ellas eventualmente debemos volver.

El único modo de vivir en un lugar es hacerlo tuyo. Por tres años y medio hice mía la ciudad más improbable, y me acostumbre a comer con palillos y hablar japonés. Por dos años más, he hecho mía esta Ginebra, y he venido a amar sus pájaros y la gama de colores que en una sola tarde pueden ofrecer las aguas del Ródano. Hoy Ginebra es tan mía como lo fue en su momento Tokio; y sin embargo, ninguna de las dos me pertenece.

Amo la ciudad de Quito que no tiene otoños, ni cisnes, ni lagos, que nunca será tan bonita como muchas otras que mis ojos ya han visto, pero que es mía como ninguna otra lo será. Mía aunque yo no esté, aunque nunca más vuelva a vivir en ella.

El sur me llama, al sur me debo, y al sur he de volver…

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