
Ella, como los demás de su especie, se ha acabado resignando a ser mandoneada. Cuando se levanta en las mañanas raramente tiene el privilegio de quedarse viendo los pájaros por la ventana y no es su canto lo que la despierta, es mi voz. “Anda a hacer pipi. Vamos a tomar el yogurt. La profesora ya debe haber llegado al a escuela. Ven, ponte el uniforme. ¿Ya hiciste pipi? ¡Vamos, las medias! No, no puedes llevar juguetes a la escuela. Te vas a morir de frío con esa camiseta. Deja de cargar a tu hermana como muñeca de trapo. ¿Qué fue las medias? ¿Ya hiciste pipi? ¡Que no juguetes dije!”
Y como los demás de su especie, o más precisamente, de su tamaño, se ha acostumbrado a no tener o tener un mínimo poder de voto. Nadie le consultó si yo podía irme una semana de viaje de trabajo. Y aunque ella lloró (y a mí se me encogió el corazón) igual tuve que irme. Nadie le preguntó si le parecía conveniente o no ponerse la vacuna contra el Covid. Y aunque gritó y protestó, igual se tuvo que vacunar.
Pero todos los días y aunque sea por unos minutos, ella manda a sus cuatro costados y yo simplemente obedezco. Esa es su válvula de escape cotidiana y se llama juego.
Cuando me otorga el privilegio de entrar en el universo de su juego, las reglas se revierten todas sobre mí: Deje sus armas de adulta mandona afuera y hágase pequeña para entrar. Siga las instrucciones y cíñase al guion que se le otorgue. No cuestione. No se salga del papel y sobre todo, nunca, por ningún motivo, se ría del juego, que aquí el juego es serio y no tiene nada de chiste.
En ese universo de ella suceden las mismas cosas que en el universo del día a día, con la diferencia de que ahí, quien manda, quien da instrucciones, quien hace viajes de trabajo y lleva los hijos a vacunarse es ella.
Yo cumplo mis papeles diligentemente. A veces debo ser el hijo que está enfermo y no se quiere tomar el remedio, o el que se ha ganado un sermón porque insiste en comer golosinas antes de la cena. A veces me toca el rol de María Lucia –mi propia jefa– quien la está esperando a ella y no a mí para una reunión importante en una ciudad lejana. Y es ella, y no yo, la que dice “no te preocupes que volveré pronto y te extrañaré mucho” mientras empaca una maleta de verdad, con ropa de verdad que yo debo proveer pues, aparte de actriz, también hago las veces de asistente de producción.
En el universo del juego ella se pone mis lentes y mis zapatos y me habla con mis palabras. Ella me habla circunspecta, profesoral y piadosa mientras yo hago mi mejor esfuerzo para evitar que su ternura me haga soltar una sonrisa. Nada que la lleve a pensar que yo no tomo su juego en serio.
Basta un comando, una fugaz idea y el juego entra en el mundo de lo surreal. Entonces ella es una empanada de queso que yo he encontrado por acaso entre mis sábanas destendidas. Y tan pronto comienzo a colocar algo de lógica en ese guion, la empana se convierte en una sirena y mi cama en un barco que la ha sacado de lo profundo del mar, o la sirena se ha vuelto Rapunzel y la sabana su infinito cabello. Y ni bien empezamos con eso, ella vuelve a ser yo y ya me está indicando porqué es importante que me coma todas mis verduras y me quede en la escuela para que ella pueda irse a trabajar.
Yo corro para seguirle el paso, para no confundir el hilo de la historia o perderme la oportunidad de habitar su universo de reglas al revés. Yo obedezco, me dejo mandar y tomo el juego tan en serio como me es posible porque mientras ella juega a enseñarme cosas, yo aprendo (o reaprendo) como es que era aquello de tener 4 años.





