Los gigantes que deleitan a los dioses

Aunque tardó un poco en salir, el pasado mes de julio fue publicado en la revista Mundo Diners de Ecuador, este reportaje acerca del Sumo, que ahora comparto con ustedes. Le debo un especial agradecimiento a mi querida amiga Toko Nakamura, que me ayudó como interprete durante la entrevista al entrenador y los luchadores. 

Los luchadores de Sumo hacen su entrada al Ryougoku Sumo Hall

El público ha abarrotado el Ryougoku Sumo Hall, uno de los principales escenarios de sumo en Tokio. Son las 17:45 y desde las 08:00 han estado combatiendo aquí luchadores de todas las divisiones. A esta hora tan solo queda una pelea más por ver. Mientras los niños gritan a todo pulmón el nombre de su luchador favorito, los adultos se acomodan en sus asientos, expectantes tras la llegada al dohyo de los dos contrincantes.

Esta es quizás la pelea más esperada del torneo de Otoño: Hakuho vs. Harumafuji. Ambos nacidos en Mongolia, ostentan el título de yokozuna, el ranking más alto al que se puede acceder en el sumo, y una posición tan difícil de alcanzar, que muchos luchadores no se permiten si quiera soñar con ella.

Después de una lenta caminata hacia el centro del dohyo, Hakuho y Harumafuji se colocan frente a frente en la línea de pelea y se inclinan con la mirada fija en su rival, pero aún no es hora de pelear, tras un par de segundos, se retiran hacia sus esquinas.

Según dicta la tradición, esta primera presentación es un modo de mostrar al oponente que no ocultan ninguna arma, aunque debajo del reducido cinturón de pelea que ambos llevan puesto, parecería imposible esconder algo más, a parte de lo estrictamente elemental.

Los luchadores se presentan frente a frente. Solo podrán comenzar su combate cuando ambos arrojen sus puños al suelo.

Los luchadores se acercan nuevamente al centro del dohyo, se inclinan una vez más, ahora ambos colocan los puños en el suelo (señal de que están listos para el combate) y el público contiene el aliento. Sin embargo, la pelea aún está lejos de comenzar. Ambos se levantan otra vez, extienden los brazos y se retiran a sus esquinas. Hakuho agarra un buen puñado de sal y lo arroja con fuerza hacia el centro del dohyo, creando una breve lluvia blanca sobre la arena. En seguida, su oponente lanza un puñado aún mayor y el público aplaude.

En el tiempo en que el sumo era usado en la religión Sintoísta para honrar a los dioses, se consideraba que arrogar sal antes del combate, permitía purificar el espacio. Siglos después, la tradición se mantiene intacta.

Los dos luchadores regresan al dohyo y se colocan de nuevo en la línea de pelea. Cuatro puños caen otra vez al suelo, y cuando parece que el combate empezará, Harumafuji hace un rápido movimiento y retrocede. Ambos vuelven a su esquina y el salón de sumo hierve, en medio de gritos y aplausos de una audiencia que no puede contener la impaciencia.

A pesar de la expectativa, todos aquí saben que luchadores de primera división, como Hakuho y Harumafuji, casi nunca inician una pelea al primer intento. Es frecuente que los rituales previos se alarguen por algunos minutos y que los amagues se repitan varias veces antes de que suceda la pelea real, aumentando así la ansiedad de un público que sabe que basta un estornudo para perderse todo un combate, pues rara vez la lucha dura más de un minuto. Basta que un luchador saque un pie fuera del circulo del dohyo, o toque la arena con cualquier parte del cuerpo, que no sean sus pies, para que pierda automáticamente.

En contraposición a la aparente simplicidad de las reglas de la pelea, al sumo lo envuelve una serie de otras normas y tradiciones, que determinan desde el estilo de peinado que tienen que usar los luchadores, hasta cómo deben comportarse en público y cuáles serán los rituales en caso de que deseen contraer matrimonio.

Tras arrojar más sal al escenario, Hakuho y Harumafuji caminan de regreso a la línea de pelea, ostentando en cada paso su corpulencia: ambos hombres pesan alrededor de 150 kilos y miden poco menos de 2 metros.

El primer luchador en tocar el suelo con otra parte de su cuerpo que no sean sus pies, o aquel que salga del círculo del dohyo será el perdedor.

Los dos contrincantes se inclinan nuevamente, uno frente al otro. Pero esta vez, tan pronto los puños tocan el suelo, ambos se lanzan hacia su rival. Hakuho consigue agarrar de tal modo el brazo derecho de Harumafuji, que en un parpadeo lo ha arrojado de espaldas contra el suelo. La contienda ha terminado; duró exactamente 5 segundos.

Aunque visiblemente adolorido, Harumafuji se incorpora en seguida y ambos hombres inclinan la cabeza para agradecer a su adversario. Hakuho es rápidamente condecorado por el réferi y los dos luchadores se retiran. El show ha concluido y, en medio de la algarabía, el público comienza a abandonar el célebre Ryougoku Sumo Hall, el mismo lugar donde los japoneses han asistido a duelos de sumo desde hace más de un siglo.

Mañana habrá otra jornada de peleas aquí y todavía quedan algunos combates para Hakuho y Harumafuji, antes de saber quien será el campeón de este Otoño. Al ganador le esperan varios miles de dólares y suntuosos obsequios; lo sabe bien Harumafuji, que tras su triunfo en el torneo pasado, volvió a casa conduciendo un lujoso convertible del año.

El pedregoso camino hacia la fama

Antes de iniciar los combates, los luchadores se presentan ante el público para realizar una breve ceremonia de apertura.

Cuando las luces del Sumo Hall se apagan y el público se marcha, es hora de que los luchadores también vuelvan a casa y a la rutina cotidiana. Para quienes aún no han llegado a la codiciada categoría de luchador de primera división, esa rutina se resume a entrenar, comer, cocinar, limpiar y obedecer.

Desde que deciden convertirse en luchadores profesionales, generalmente entre los 15 y 17 años, hasta el día en que se casan o se retiran del sumo, los rikishis (como se llama en Japón a los luchadores) están obligados a vivir en una casa de entrenamiento. Existen casi 50 lugares de este tipo en Japón, y en cada uno habitan alrededor de 15 rikishis de diversas categorías, junto con su entrenador.

Los propios rikishis son los encargados de mantener la casa limpia y preparar su comida todos los días. Sin embargo, los luchadores de primera división tienen el privilegio de levantarse más tarde y evitar ciertas tareas del hogar.

En la casa Tomozuna, una de las más antiguas de Japón, mientras los rikishis más expertos continúan durmiendo, el entrenamiento de los novatos y de aquellos que no han logrado subir de categoría comienza a las 07:00 y en ayunas.

Después de las 10:00, una vez que el ejercicio haya terminado, llegará la recompensa: los rikishis podrán preparar un sustancioso banquete, luego del cual, estarán autorizados a tomar una siesta. Como saben todos aquí, dormir inmediatamente después de comer es una de las claves para ganar peso, y en esta casa a nadie le vienen mal unos kilos de más.

La jornada de hoy comienza con ejercicios de piernas. En el más completo silencio, el grupo de rikishis inicia la rutina de calentamiento, mientras Kaikoki (el más joven de todos) cuenta en voz alta cada repetición.

A las 08:00, y cuando han completado ya una hora de ejercicios, los rikishis se detienen un instante para ofrecer un solemne “buenos días” al entrenador (llamado en japonés de oyakata), que ha acabado de llegar al salón de entrenamiento. El oyakata se acomoda en su sitio de siempre y enciende su primer cigarrillo, mientras ojea el periódico dominical.

“Kaiho, muévete de ahí que no quiero comenzar el día con tu trasero en mi rostro”, le dice a uno de sus pupilos, que se encontraba ejercitándose de espaldas al entrenador. Avergonzado Kaiho, de 18 años, se retira rápidamente de su vista. “Él es el típico chico que pensó que hacer sumo significaba simplemente ser muy gordo. Cuando tenía 12 años ya pesaba 90 kilos”, dice el oyakata con cierto desdén. Tras un año y medio de entrenamiento en esta casa, Kaiho ha conseguido perder algunos kilos. “Tan pronto llegó, lo pusimos a dieta para que perdiera peso y ganara músculo”.

Como la mayoría de luchadores, Kaiho comenzó a competir desde pequeño, pero al igual que muchos, fue sobrealimentado en su niñez. “En los torneos infantiles ser pesado es suficiente para ganar. Por ello los padres creen que mientras el niño sea gordo, será un buen luchador; pero en el sumo profesional hace falta tener músculos y conocer la técnica, o de lo contrario nunca se llegará lejos”, explica el oyakata, quien en su juventud acumuló una serie de triunfos como luchador de primera división.

El sumo profesional está conformado por seis divisiones; los luchadores pertenecientes a las dos primeras son llamados de sekitori, los restantes son considerados únicamente como rikishis. Alcanzar el rango de sekitori puede tomar entre ocho años o toda una vida, pues según las reglas del sumo, no pueden haber más de 70 sekitoris en todo Japón, de modo que la competencia es dura.

Mientras el oyakata detalla las reglas y fuma su segundo cigarrillo, sus pupilos hacen flexiones de pecho sobre el suelo lleno de arena. Con cada flexión, sus cuerpos bañados en sudor, van quedando cubiertos de tierra.

Cuando han terminado las flexiones, es hora de practicar ejercicios de estiramiento. Para el rikishi Kaishou, que ingresó a la casa Tomozuna hace solo unos meses, esta es la parte más tortuosa del entrenamiento. “Él practicaba judo y por eso no tiene un cuerpo tan flexible como los demás. En el sumo, la flexibilidad también es importante”, explica el oyakata, en medio de los aullidos de dolor del muchacho.

Sentado sobre el suelo con las piernas abiertas, Kaishou se esfuerza por doblar su cuerpo hacia delante, mientras su colega Minoru intenta pararse sobre sus espaldas. Cuando Kaishou se levanta, mal puede caminar.

Aunque parece estar a punto de llorar, luce convencido de que lo que hace valdrá la pena en el futuro. No hay garantía de que un día se convierta en un luchador exitoso, pero al menos Kaishou sabe que el tiempo está a su favor, pues aún tiene solo 18 años. Para él y su colega Kaikoki (con 15) convertirse en luchador de primera división y asegurar un futuro solvente es aún una meta alcanzable.

En el sumo profesional, únicamente los sekitoris tienen derecho a recibir un salario. Conforme suban de categoría, esa remuneración puede ir desde los 8.000 hasta los 25.000 dólares mensuales. A este dinero se suman los bonos que reciben cuando compiten, los aportes de sus patrocinadores y, por supuesto, los jugosos premios cuando ganan un torneo.

A la par con la fortuna, está la fama que un sekitori de renombre adquiere, en un país donde el sumo es una tradición profundamente respetada. Luchadores como Hakuho y Harumafuji son considerados verdaderas celebridades en Japón.

Pero la puerta hacia la fama y la fortuna es tan angosta y la competencia tan feroz, que la mayoría de rikishis jamás llega a cruzarla. Eso significa tener que resignarse a no recibir nunca un salario fijo y vivir en la incerteza acerca de cómo sustentarse, una vez que se retiren del sumo.

“Hay muchos jóvenes que ya no desean arriesgarse a emprender la carrera de luchador”, confiesa el oyakata de la casa Tomozuna. La mayoría ingresa a las casas de entrenamiento tan pronto termina la educación básica y se retira a los 30 o 35 años. “Si no han acumulado dinero y no cuentan con algún título profesional, no existen muchas alternativas laborales para ellos”, lamenta el oyakata, quien lleva 28 años a cargo de esta casa, donde actualmente solo 4 de sus 15 luchadores, son sekitoris y ganan un salario.

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Kaikoki de 15 años (adelante) y Kaishou con 18, (atrás) durante su entrenamiento matutino.

Con 27 años de edad, Minoru es uno de aquellos para quienes el futuro se presenta incierto. Tras varios años sin lograr subir de la quinta división, ahora piensa en retirarse. “No sé qué haré después, ya lo discutiré con oyakata”, confiesa, mientras barre el piso del dohyo, ahora que el entrenamiento ha terminado.

“El sumo es una practica individual, de modo que tener éxito depende únicamente de ti mismo. Si no lo logras es porque no has tenido la suficiente paciencia y esmero”, concluye Minoru, poniendo en evidencia la severidad con la que los japoneses acostumbran juzgarse a sí mismos.

El dohyo ha quedado impecable, el oyakata ha desaparecido por una de las puertas de papel de la casa y la mayoría de los muchachos ya está en las duchas. Al poco rato, uno a uno van saliendo con la toalla amarrada en la cintura rumbo a la cocina, para servirse su banquete de hoy.

Kaikoki es el último en abandonar el dohyo. Antes de marcharse, cuenta que cuando llegó aquí era flaco como un tallarín. “Me convertí en rikishi para forjar mi espíritu, para hacerme un hombre valiente y con carácter fuerte”, declara convencido. Y aunque su rostro, de inocente muchacho de 15 años, aún está lejos de adquirir el aspecto de un imponente luchador profesional de sumo, solo los años dirán si un día Japón verá en él a un aclamado sekitori. De momento, a Kaikoki solo le resta comer, dormir y limpiar bien la casa.

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