El país del conflicto y el encanto

En enero tuvimos el gusto de pasar un par de semanas en el maravilloso Myanmar (Burma, para algunos) Después de varios sitios recorridos, debo confesar que este fue probablemente el país que más nos cautivó del Sudeste Asiático (y eso que la competencia es dura, pues todos son lugares espectaculares). A raíz de este viaje, en mayo pasado publiqué con la revista Mundo Diners un reportaje sobre Myanmar. Aquí les comparto un resumen de aquel artículo. La versión completa la pueden hallar en la página web de la revista


Mientras Nin habla, dejo mi vista perderse por un momento. Ella percibe que no la estoy escuchando y guarda silencio. Cuando le devuelvo mi atención, me castiga con una mirada profesoral y retoma su historia: “…fue así como Buda resolvió rasurar su cabeza para mostrar su renuncia a la vida mundana y convertirse en un asceta”

He llegado a Myanmar hace cinco días y, desde entonces, no he parado de escuchar historias sobre la vida de Buda y las múltiples divinidades del Budismo. Son relatos tan distantes para mí que los recibo con escepticismo. Pero Nin está empeñada en compartirme cada detalle de su religión, así que la dejo continuar con su relato, mientras recorremos una de las más de 2000 pagodas budista regadas en esta histórica ciudad de Bagan, donde Nin nació y ha vivido desde siempre.

Previo a Bagan he visitado Yangon, la ciudad más grande y, hasta hace poco, la capital de este país, encajado en el Sudeste Asiático, justo en medio de la India y Tailandia y a unos 18000 kilómetros de distancia del Ecuador.

Tan distantes estamos, que mis propios guías (Nin, Heymen y Kun) no consiguen localizar a mi país en su cabeza. Lo mismo puede estar en Europa, como ser una ciudad dentro de los Estados Unidos. Jamás habían oído hablar del Ecuador.

Antes de venir aquí, tampoco yo habría podido ubicar a Myanmar en mi mapa mental. Pero ahora he llegado invadida por la misma curiosidad voyerista que, durante los últimos años, ha traído cientos de turistas hasta aquí. Una curiosidad de ver cómo anda este país, que hasta hace poco era una fortaleza cerrada a cualquier contacto con el extranjero.

Un concierto de bocinas de auto, un tráfico intolerable y un olor a especias en las calles me dan la bienvenida en la caótica ciudad de Yangon. Mientras paseo con mi guía Heymen, voy sorteando ventas ambulantes y un par de cañerías reventadas, que casi han inundado la calle por la que andamos. Con todo y el desorden, hallo a la gente alegre y extremadamente cálida conmigo. (…)

En mi último día en Yangon, Heymen me lleva a conocer la joya de la familia: la pagoda de Shwedagon, en el centro de la ciudad. Un monumento religioso de más de 99 metros de alto, completamente tapizado de oro y decorado por 5000 diamantes y 2300 rubíes. (…)

Está cayendo la noche en la pagoda de Shwedagon y escucho a Heymen relatarme la historia de este templo; sin embargo, mi atención se concentra en las decenas de devotos que nos rodean. Unos encienden velas, algunos tocan campanas y otros cantan mantras, de rodilla frente a la inmensa estructura dorada. Llevo casi tres años en Asia conviviendo con el Budismo y, sin embargo, es la primera vez que contemplo un culto tan fervoroso como este. (…)

Tras despedirme de Heymen, soy recibida por Nin en la ciudad de Bagan, ubicada en el centro del país. No he acabado de bajarme del avión y ya me encuentro con más celebraciones budistas. Es la procesión de los jóvenes que hoy comenzarán su noviciado como monjes. Nin está emocionada, “qué bueno que llegaste a tiempo para verla”, me dice con alegría.

En efecto, el desfile lleno de colores, aromas y sonidos, es algo digno de ver. Encabezan la procesión varias mujeres con vistosas faldas de seda y tras ellas bueyes blancos decorados con flores arrastran coches de madera, en los cuales viajan los futuros novicios. Son muchachos de entre 9 y 13 años, todos elegantemente vestidos con túnicas blancas y coronas de flores.

“Después del desfile deberán raparse la cabeza, colocarse la bata típica de monje y mudarse al monasterio, donde estarán varias semanas meditando y aprendiendo sobre el Budismo”, me explica Nin, cuyos dos hermanos ya pasaron por la misma ceremonia, así como la mayoría de jóvenes en Myanmar, donde se calcula que el 90% de la población es budista.

En este punto de mi viaje, estoy convencida de que esta es la sociedad más devota que ya he visto. Aquí la religión impregna cada aspecto de la vida de la gente. En este país, donde por más de un siglo los ingleses intentaron imponer el Cristianismo, aferrarse al Budismo fue, en su momento, una forma de resistencia social.

Paradójicamente, cuando Myanmar dejó de ser colonia inglesa y pasó a ser gobernado por la dictadura militar, el ejército persiguió y restringió las libertades de muchos practicantes de otras religiones (especialmente del Islam). Aún hoy, quienes no practican el Budismo tienen dificultades para acceder a empleos, enrolarse en la milicia, adquirir propiedades o incluso solicitar un pasaporte.

Cicatrices de la dictadura

Aunque lentamente las cosas están cambiando, por mucho tiempo Myanmar fue considerado uno de los países más cerrados y oscuros del mundo, únicamente superado por Corea del Norte.

Tan solo unos años atrás, el turismo estaba restringido a solo ciertas áreas autorizadas por el régimen. Conflictos con diversos grupos armados desanimaban a muchos viajeros de visitar Myanmar; e inclusive, activistas recomendaban no hacerlo pues la industria hotelera, como casi todo en el país, estaba controlada por los militares, en el poder desde 1962. (…)

En 2011, la dictadura militar hizo un ademán por celebrar elecciones y devolver el poder al pueblo. Y aunque con altibajos y todavía sorteando ciertos conflictos armados, poco a poco el país está logrando recuperar su democracia. (…)

Con todo, años de aislamiento causaron que ciertos aspectos de la cultura y la vida aquí parecieran suspendidos en el tiempo. Tras despedirme de Nin, el destino que me espera me hará descubrir hasta qué punto el reloj se detuvo en este rincón del planeta.

Una vida que flota lento

inle

Arribo al aeropuerto de Heho, en el estado Shan al este de Myanmar, y ahí está Kun esperándome con una calurosa e ingenua sonrisa. A pesar de vivir en uno de los estados más peligrosos del país, Kun es un muchacho apacible y bonachón, quizás fruto de los tres años que vivió como monje budista o, más probablemente, debido al pequeño edén en el que ahora reside.

Kun me transporta al rústico muelle del lago Inle y me ayuda a acomodarme en la canoa, mientras me advierte que, por los próximos días, esta será nuestro único medio de transporte.

Recorremos durante 40 minutos la bastedad del lago (su área total es de aproximadamente 116 km2) y llegamos finalmente a la comunidad, que evoca una pequeña Venecia, solo que más humilde, más rural y más pacífica. Asimismo, a diferencia de Venecia, aquí no fue el agua la que inundó la zona, fue la gente quien deliberadamente escogió construir toda una aldea flotante. (…)

Son decenas de casas de madera y bambú, suspendidas en el agua mediante vigas. Todas son sencillas, pero juntas forman una visión maravillosa. Algunas tienen sus ventanas pintadas de colores, en otras cuelgan plantas y flores de sus pórticos. Y mientras Kun y yo recorremos el lago en nuestra canoa, los aldeanos cruzan en sus propias balsas, cargadas de la pesca del día o de frutas y vegetales para su comercio. (…)

El día se nos va en visitar la tienda flotante de sedas, la fábrica flotante de tabaco y el taller flotante del herrero. Acabamos la jornada con un vistazo al motivo principal por el cual esta gente escogió vivir sobre el agua: sus cultivos.

“En el resto del país solo se puede cultivar durante la época de lluvia, aquí podemos plantar y cosechar todo el año. Sembramos tomate, pepinillo, berenjena, arroz y hasta coliflor”, me explica Kun mientras observamos las parcelas flotantes donde crecen los más variados vegetales.

El sistema funciona así: los agricultores preparan una cama de algas que recogen del propio lago, sobre esta superficie colocan tierra, abono y otro tanto de algas. Así de simple, el área ya está lista para plantar. Y puesto que las parcelas están permanentemente sobre el agua, sequias o inundaciones no afectan los cultivos, de ahí que es posible tener producción a lo largo de todo el año. Según Kun, casi la totalidad del tomate que consumen los 50 millones de habitantes de Myanmar viene de estas granjas flotantes.

Nuestra canoa se aleja de las parcelas, en cuanto el sol comienza a esconderse detrás de una pequeña cordillera cercana. Sobre las cristalinas aguas del lago Inle, flota el encantador reflejo de múltiples nubes rojas y naranjas. Las gaviotas vuelan bajo, persiguiendo las balsas de los pescadores. Los colonos se van guardando en sus casas de madera, y a lo lejos, provenientes de la pagoda, se escuchan los incasables rezos de los monjes budistas, que no pararán de orar hasta la media noche. No cabe duda que el tiempo aquí quedó suspendido. Y a decir verdad, frente a tal paisaje, uno quisiera que no ande nunca más.

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