El deber de seguir siendo felices

Cuando llegué a la cocina para desayunar esta mañana, Fábio estaba mirando las noticias. ¿Ya viste lo que pasó?, me dijo sin quitarle la mirada a la pantalla e inmediatamente respondí con el mayor espanto ¿Y ahora qué?.

Desde que vivimos en Ginebra (que tiene un pie en Suiza y otro en Francia) siempre acompañamos el noticiero francés. Esta mañana esperábamos que las noticias serían acerca de las diversas celebraciones que sucedieron ayer apropósito de la fiesta nacional. Anoche mientras cenábamos, hasta pudimos disfrutar de los fuegos artificiales que se lanzaron en las ciudades francesas vecinas.

No pude evitar pensar que hasta el final del día, el noticiero que acompañamos ya debía haber tenido más o menos establecidas los reseñas de las festividades que iría a mostrar esta mañana. Eso era lo que yo esperaba ver, imágenes de celebraciones y fiesta. En su lugar, la tele me ofreció solo la misma horrible noticia de odio y destrucción.

Esta tarde mi hermana me ha escrito: “Sé que ustedes van al supermercado en Francia. Creo que deberías tratar de no ir”. Me escribió eso justo cuando la chica sentada a mi lado en el café me decía que su madre le había llamado desesperada preguntándole si estaba bien. En ambos casos un temor irracional, considerando que Ginebra está a más de 500 km. de Nice, donde (como referencia para quién no lo sepa) anoche un terrorista asesinó cerca de 100 personas.

En situaciones de este tipo el miedo es así de irracional. No hay posibilidad de dialogar con él, simplemente se apropia de nosotros. Sin embargo, yo le he dicho a mi hermana que yo no tengo miedo en lo absoluto, que me resisto a tenerlo. Le he dicho que no pretendo dejar de ir al supermercado, al café, al cine, al parque. Que no voy a parar de ir a almorzar en Francia cada sábado y que no dejaré de entusiasmarme con la visita que haré a París y Roma con mis papás en septiembre.

El terrorismo nos está quitando tantas cosas, pero no podemos permitirle que nos quite el derecho a vivir como seres humanos libres. No podemos dejar que nos convierta en prisioneros de su terror, que nos encarcele tras la sombra del pánico.

Cuesta trabajo estar feliz cuando nubes tan oscuras cubren el cielo de Europa. No obstante, en estos tiempos tan empañados de odio, la acción más revolucionaria que podemos emprender es continuar siendo dueños de nuestras vidas, de nuestras ciudades y de nuestra libertad. En honor a quienes sufren, nosotros tenemos el deber de seguir siendo felices.

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