Hacia las elecciones sin brújula ni esperanza

 

A pocos meses de presentarse a las urnas para escoger su próximo presidente, los brasileños lidian con un presente de crisis y un futuro que se muestra poco promisor, un escenario que le contagia inquietud a cualquier forastero acabado de llegar. He aquí la transcripción de mi artículo para la revista Mundo Diners de Ecuador, publicado en julio de 2018.

¡Buena la hora en la que he escogido venir a Brasil!, me digo mientras un autobús lleno de periodistas avanza rumbo a un evento en la ciudad de Curitiba al sur del país. Hace pocos días he dejado Suiza para mudarme a Brasilia y ahora, mientras escucho la conversación de mis colegas brasileños en el bus, me envuelve una cierta angustia.

“Si gana Bolsonaro estamos todos perdidos. Yo ya he empezado a considerar mudarme a Portugal”, dice un periodista de Folha de São Paulo sentado detrás de mí. “Es verdad. Habrá que huir de este país”, responden varios. “No sé qué será de Brasil después de octubre. No hay por quién votar”, acota alguien más refiriéndose a las próximas elecciones presidenciales.

En silencio desde mi asiento me limito a escuchar, la conversa es distendida pero el miedo que pende en el aire es legítimo, todos los pasajeros aquí temen que las cosas se salgan de control y que Jair Bolsonaro, un hombre que simpatiza con la tortura, la misoginia, la homofobia y la dictadura, acabe siendo el nuevo presidente de Brasil.

¿Pero cómo las cosas desembocaron en esto?, me pregunto mientras hago memoria de que solo unos años atrás, el país ocupaba las portadas de revistas internacionales como The Economist y era congratulado por su rápido crecimiento y su estabilidad. ¿Fue todo un castillo en el aire?.

Es complejo hallar el punto en que todo comenzó a desandar por aquí, pero la crisis recrudeció en 2014 cuando la operación Lava Jato desató los primeros escándalos involucrando altas figuras políticas del país con sobornos y lavado de dinero por unos 3000 millones de dólares. A partir de entonces, la desestabilidad se instauró y tuvo su clímax en 2016 con la destitución de la presidenta Dilma Rousseff, paradójicamente por motivos no relacionados con la operación Lava Jato.

La salida de la impopular presidenta no trajo sosiego a una sociedad profundamente dividida. Su sucesor, Michel Temer, vive rodeado de denuncias de corrupción, todas mucho más graves que las que justificaron la destitución de Rousseff, y sobrevive en el poder con menos del 10% del apoyo popular.

Tras mi retorno de Curitiba a Brasilia, me basta ver los muros de la ciudad para percibir el clima de división que se vive en el país. Las consignas políticas escritas en las paredes no podrían ser más dispares, ahí donde alguien escribió “Fuera Temer”, alguien más agregó “Prisión para Lula!”, y junto a un texto que acusa al gobierno actual de golpista otro grafiti demanda una intervención militar.

No ha pasado ni un mes de mi llegada a Brasil y los noticieros nacionales estallan con la primicia de que se ha negado un recurso de Habeas Corpus para Luiz Inácio Lula da Silva y que el ex presidente más popular del país deberá ir a la prisión.

En medio de las investigaciones por la operación Lava Jato, un juzgado lo ha acusado a 12 años de cárcel por haber aceptado un lujoso apartamento de 800 000 dólares como supuesto soborno.

Y aunque son pocos los brasileños dispuestos a creer en la absoluta inocencia de Lula, para la gran mayoría resulta obvio que su detención forma parte de una estrategia para sacarlo del juego electoral, luego de que su partido (PT) anunció su pre-candidatura a la presidencia y todas las encuestas de opinión lo muestran como favorito.

Pero sea a favor o en contra, la detención del ex presidente no deja a nadie en el país indiferente. El día en cuestión, algunos paran sus actividades para seguir por televisión su entrega a las autoridades, abrazado por una multitud de simpatizantes. Hay quienes sacan banderas rojas por sus ventanas y colocan fotografías suyas en sus coches, mientras otros esperan el momento de verlo entrar en el vehículo de la policía para lanzar desde sus terrazas fuegos pirotécnicos y organizar fiestas en la calle.

¿Cómo es posible que alguien que dejó el poder con un impresionante 80% de apoyo popular hoy despierte un odio tan encarnizado en una parte de la población? Mientras un alto porcentaje de brasileños está aún dispuesto a votar por él, otros lo detestan a tal punto que preferirían ver en el poder a Bolsonaro para mantener a Lula lejos.

Hay quienes, como la escritora y analista política Eliane Brum dirían que quizás el principal responsable de esa gran discrepancia en Brasil no es otro el el propio Lula.

Gracias a una evidente bonanza económica, fruto entre otras cosas del incremento en el precio del petróleo y el comercio con China, durante su presidencia Lula alimentó en el país la ilusión de que era posible ver a los sectores más deprimidos de la sociedad salir de la pobreza, sin que ello requiriera sacrificios de las clases más favorecidas. Pero tan pronto la economía comenzó a tambalear, y a Lula lo reemplazó una figura mucho menos carismática como Dilma Rousseff, la ilusión de una conciliación entre clases se desbarató. “Una parte del odio destinado a Lula puede ser atribuido a la suspensión de esa ilusión. Al final, para tener conciliación era preciso que una parte de la población perdiera privilegios y eso para las élites y la clase media era inaceptable”, analiza Brum en una de sus columnas de opinión para la edición brasileña de diario El País.

Al tiempo que la ilusión se perdía, el PT se alejaba cada vez más de la gente. Los mismos líderes del partido han llegado a admitir que la destitución de Rousseff fue el desenlace de una relación cada vez más quebrantada entre el partido y sus bases, representada por una presidenta que, aún siendo mujer no supo abrazar la causa feminista, y que aún siendo de izquierda tomó medidas claramente conservadoras. Al final, al verse en una encrucijada no halló apoyo para salir de ella.

Pero dos años después de la salida del Rousseff, la crisis económica solo ha venido a agudizarse, y a agudizarse con ella el descontento popular. Para cuando completo dos meses de haberme mudado a Brasil ya he presenciado al menos tres huelgas de diversos gremios. Antes de cumplir tres meses, un paro de camioneros bloquea las carreteras en protesta por el alto precio de los combustibles que, desde julio de 2017, han tenido un incremento de más del 50%. La protesta paraliza el país entero por varios días. Hay escasez de gasolina e insumos básicos, acompañada de un temor y descontento generalizado.

Pero si hay alguien que está aprovechando para pescar a río revuelto ese es Bolsonaro, quien ha encontrado en el caos su perfecta catapulta hacia el poder. Como lo explica el sociólogo Ceso Rocha Barros en su columna de opinión para Folha de São Paulo: “Bolsonaro apoya el paro porque el desabastecimiento va a dejar a la población con hambre, y Bolsonaro quiere a la población con hambre (…) porque sabe que cuanto más uno esté con rabia, miedo y hambre, cuanto más desesperado y sin saber qué hacer uno esté, menor será su capacidad de pensar bien. Y nadie jamás votaría en Bolsonaro si estuviera pensando bien”.

Un Donald Trump brasileño, o algo peor

El nombre de Jair Bolsonaro todavía resuena poco fuera de Brasil, a pesar de que internamente lleva en la política casi tres décadas. Luego de mi llegada al país, cuando comienzo a escuchar lo que la gente me relata sobre el ex militar y hoy diputado por Rio de Janeiro, me cuesta creer que alguien realmente haya sido capaz de decir a otra diputada “no te violo porque no te lo mereces”, o alegar públicamente que el error de la dictadura fue no haber matado más personas; sin embargo, ese es el calibre de las declaraciones del pre-candidato presidencial que más intensiones de voto reúne después de Lula.

He debido pasar una tarde entera conversando con el historiador y analista político Fernando Horta para entender por qué alguien como Bolsonaro ha llegado a adquirir tal popularidad. “Tiene apoyo gracias a su discurso inmediatista y de control social”, me explica el analista brasileño. Ese discurso se alinea con ideas radicales imperantes en el país, ideas que coquetean con la posibilidad de un control militar del Estado y que alimentan un cierto desprecio por la democracia.

Evidencia del impacto de tal discurso: en 2016, una encuesta llevada a cabo por Latinobarómetro, una corporación internacional que analiza la opinión pública en América Latina, reveló que la confianza de los brasileños en la democracia no supera el 32%, lo que representa 22 puntos menos que en 2015. Mientras que en 2017, un instituto local de investigaciones mostró que más del 40% de la población apoyaría una eventual intervención militar en el país.

Y con el paso de los días las elecciones presidenciales se aproximan, mientras las grandes fuerzas de derecha e izquierda se encuentran atrapadas en una situación que Horta compara con la de dos coches conduciendo en sentido contrario y a punto de chocar. “El PT sigue acelerando su auto (esto es: insiste en mantener a Lula como su candidato y se resiste a proponer otro nombre) y la derecha sigue acelerando el suyo contra el PT (no da pie atrás en el juicio y la prisión de Lula y a la vez no consigue presentar una alternativa a Bolsonaro)”. Para Horta, el desenlace de esta situación sería claro y fatal: “si ninguno de los dos para el carro y muda de sentido, el resultado será el triunfo de Bolsonaro” advierte categórico.

Y aunque varios analistas consideran que, incluso pasando a una segunda vuelta, Bolsonaro no tendría peso suficiente para ganar las elecciones, lo cierto es que un escenario con el ex militar como presidente sería devastador para el país. De ahí que aquellos colegas periodistas en Curitiba no parecían bromear cuando hablaban de huir del país en estampida.

De principio, las minorías se verían gravemente afectadas: Bolsonaro ya admitió que preferiría ver a su hijo muerto que siendo homosexual. Las mujeres no la tendrían más fácil: según el político, una mujer no merece ganar lo mismo que un hombre, pues a la larga se embaraza y acarrea perjuicios para la empresa. Y sus declaraciones acerca de azotar delincuentes como justo castigo solo llevan a pensar en una estado de absoluta represión policial.

Ya en asuntos estructurales de la administración del país, la situación no sería mejor: Bolsonaro no tiene empacho en admitir, por ejemplo, que no sabe nada de economía y que, de de ganar, escogería un ministro “bueno con los números” para que se ocupe de todo aquello que él no entiende.

Con el candidato más popular en prisión, el segundo ostentando tal perfil y ninguna otra figura fuerte en el panorama, Horta no parece exagerar cuando admite que su país está a la vera de un abismo. Y más allá de quien gane la elección, el analista solo vislumbra un camino pedregoso por delante: “aún si se comenzará desde ahora a implantar medidas para recuperar la economía, yo calculo que harían falta al menos unos 12 años para salir del hueco en el que nos hemos metido”.

Por lo pronto, a los brasileños no les queda más que esperar a que llegue octubre y confiar en que la papeleta electoral les presentará alguna salida. Mientras tanto, seguir sintonizando Globo a las 20:00 y creer que al igual que en la telenovela, en la vida real también es posible que aún en medio de la mayor adversidad surja de la nada un final feliz.

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