Las flores de la seca

117 días sin llover. Ya no recuerdo cómo o cuándo fue el día en que llovió por última vez. Se aproxima septiembre y no ha pasado una lluvia por aquí desde mayo. Tampoco recuerdo la última vez que escribí en este blog, o que escribí algo más extenso que la lista del supermercado.

Esta es la segunda estación seca que vivo en esta desértica ciudad de tierra roja. Y en la seca del año pasado, mi flor nació. Mi Violeta vio la luz cuando a la ciudad de Brasilia la azotaba el momento más intenso de la sequía.

En aquel entonces, junto con la tierra, también yo me sequé. Y me sequé literalmente. Mi hija debió nacer un mes y medio antes de la fecha programada porque dentro de mi vientre no había más líquido para contenerla. En esos momento de desespero, cuando un médico y otro me miraba intentando entender cómo había pasado algo así sin que yo llegara si quiera a notarlo, recuerdo uno que me dijo “quien sabe y no fue la seca!”

Ah, la seca despiadada!

Aquí en Brasilia la gente no se refiere a esto como la estación seca, o la época de sequía. Le llaman simplemente así: “la seca”. La seca es responsable de todo lo malo, de la tierra que se va rajando hasta volverse un torbellino de polvo, de los árboles enjutos y los que se retuercen en un desespero silencioso por alcanzar algo de humedad entre sus raíces más profundas. La seca trae malestares y resfriados y vacía los supermercados que en el peor de los momentos parecen no tener más nada que papas, yucas y calabazas.

A nadie le gusta la seca, y por supuesto a mí tampoco. Pero creo que siempre será especial para mí pensar que en esta época que nada nace y todo muere, mi hija nació.

La mía es una Violeta del desierto, a la que todas las mañanas le brotan nuevas flores. Verla cada día más florecida que el día anterior me hace confiar en que volverá a llover… porque la seca termina pero las flores no.

2 comentarios en “Las flores de la seca

  1. Que hermoso escrito y más aún sabiendo que esa hermosa flor es mi bella nietita Violeta, la que hizo nuevamente florecer en mí, momentos tan dulces como cuando les tenía en mis brazos a mis tiernas hijas.

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