De cuando la vida se volvió ciencia ficción

Me siento en el sofá exhausta para ver cómo la mañana entera se me ha evaporado en la banal tarea de ir al supermercado, una tarea que además requirió de una larga y compleja planificación previa.

Mientras reflexiono sobre mi expedición de esta mañana, la mía y la de muchos que como yo hoy también tuvieron que aventurarse a visitar el supermercado, no he podido evitar pensar en los astronautas que habitan en la Estación Espacial Internacional, allá en el pleno espacio sideral.

He pensado en el complejo protocolo que deben seguir para abandonar la nave por breves minutos para reparar algún desperfecto o cambiar alguna pieza de la gran máquina.

Así se han vuelto las visitas al supermercado (o la farmacia) de millones de personas en el mundo, como una expedición al espacio, a la cual le acompaña todo un elaborado protocolo.

Sería de una obviedad grosera dedicar unas líneas a explicar por qué nuestra vida se ha convertido en esto. Imagino que, dentro de unos años, cuando alguien lea este texto, le bastará ver la fecha en que fue publicado para decirse: “Claro! Era aquel nefasto 2020” y explicárselo todo, sin necesidad de palabras.

Nuestra expedición es compleja pues es un trabajo que involucra tres personas, de modo que esperamos a que la refrigerada esté adquiriendo telarañas para aceptar que no hay nada más que hacer que aventurarnos al supermercado.

La aventura se desarrolla así: nos montamos todos en el carro: Fábio, yo y nuestra hija de 1 año y 8 meses, a quien no podemos dejar sola en casa. Fábio me deja en la puerta del supermercado. Antes de bajar -tal y como lo haría el astronauta que se prepara a abandonar la nave- confirmo que tengo mi traje espacial completo: guantes, mascarilla, desinfectante. La operación tiene que ser rápida y certera: entonces mientras Fábio da unas vueltas con Violeta en el carro, yo me escabullo entre corredores, alimentos y otros astronautas y me hago de todo lo necesario.

Escojo mis productos, evito manosear las cosas, llevo lo que hay pues ciertas cosas escasean. Rápidamente me dirijo a la caja, cuido la distancia entre la cajera y yo, evito que el cliente de atrás se aproxime demasiado… Una pausa mientras coloco los productos en la banda, me saco un guante y escribo apresuradamente en el teléfono: “Ya!” para que Fábio sepa que es hora de volver al supermercado. Me calzo el guante otra vez, sigo pasando productos. Me saco el guante de nuevo para buscar la tarjeta de crédito en el bolso, la inserto. Con la mano “enguantada” digito la contraseña de mi tarjeta. Con la mano desnuda, guardo la tarjeta en el bolso, me pongo otra vez el guante. Agarro el carrito, esquivo a los demás, llego al auto, monto las compras, me monto yo, me saco el guante, me pongo alcohol… Y de vuelta a casa.

Pero entrar de nuevo en la estación espacial no significa que el proceso ha terminado. Descargamos las bolsas en la entrada y nos llevamos a la niña adentro. Violeta se queda en la televisión (la única forma de evitar que no se trepe encima de todos los paquetes) Entonces uno de nosotros va sacando los productos, otro los rocía con desinfectante, uno los seca con una toalla, otro los transporta a la cocina, uno se deshace de las bolsas, otro guarda la comida en la refrigeradora. Y entre olor a alcohol y jabón de manos, la operación al fin termina, y con ella termina la mañana entera.

Estoy exhausta y sin embargo creo que la tengo fácil si me comparo con la gente en mi país, donde las medidas de control son intensamente más estrictas que aquí (aquí donde a duras penas hay medidas) Para mi hermana ir al supermercado implica planear con antelación y madrugar, hacer una fila kilométrica (pues en Ecuador no se permiten más de 50 personas a la vez dentro del supermercado) y comprar precipitadamente, pues todo allá cierra antes de las 14:00. Al apuro agarrar lo que haya disponible mientras escucha instrucciones de seguridad en los altoparlantes y correr a casa antes del inicio del toque de queda.

Es un mundo de ciencia ficción este en el que ahora vivimos. De pronto, ir al supermercado se volvió casi tan aventurero y complicado como salir a cambiar una tuerca en la Estación Espacial internacional.

Este mi recuento es el primer texto que vuelvo a publicar aquí después de ocho meses sin dar noticias. La vida me había absorbido al punto de olvidar mi blog. Pero he ahí que ahora he vuelto.

Yo volví al blog como vuelven a la tierra las astronautas que pasan meses en el espacio, como vuelven a darse abrazos los que se aman y no se han visto en años, como vuelven a la escuela los niños después de unas largas (ahora demasiado largas) vacaciones. Así volveremos un día a la calle sin usar trajes espaciales, sin escuchar anuncios angustiantes en altoparlantes, sin cuidar la distancia que nos separa de los demás. Volveremos pues al supermercado, con la normal desidia de ir al supermercado, pero sin este anormal miedo que ahora nos acompaña a todas partes.

Un comentario en “De cuando la vida se volvió ciencia ficción

  1. Que bonito artículo, aunque el tema es un tanto aciago pero esa es la realidad que al momento se está viviendo en todo el planeta. Esperemos que la ciencia pronto encuentre el antídoto para que volvamos a nuestras vidas rutinarias.

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