De cuando le gané la carrera a un Ferrari

Iba yo en mi querida bicicleta, disfrutando del viento en mi cabello, mientras descendía por Nishi Azabu, un bonito barrio de calles estrechas y perpendiculares. No traía prisa, por el contrario estaba disfrutando de la hermosísima tarde de Otoño que hemos tenido hoy.

Iba yo feliz, con los pliegues de mi vestido sacudiéndose y con un perfecto cielo azul sobre mi cabeza. Entonces, sentí la presencia de alguien más. Justo detrás de mí, sorteando la angosta calle, se encontraba un espectacular Ferrari rojo, un deportivo de aquellos que, según he oído, pueden alcanzar velocidades fenomenales.

Su motor dio un par de gruñidos para hacerme saber que quería pasar, que yo tenía que hacer a un lado mi oxidada bicicleta porque él, a diferencia de mí, no estaba con tiempo para admirar los colores del Otoño.

Me orillé y fui rebasada al instante. El potente motor del Ferrari rugió, aceleró tanto como pudo y me dejó atrás. Parecía decirme ¡Muerde el polvo, ciclista!

Pero he ahí que a veces un motor de 12 cilindros no lo es todo en la vida. Hay ciertas ocasiones en las que una bicicleta, con canasta y cinco marchas, es capaz de rebasar a un auto deportivo. Y puesto que tales ocasiones no se presentan todos los días, me entró el capricho de ganarle la carrera al Ferrari.

Como él había rugido tan presumido, luego de dejarme atrás, yo sabía que tampoco estaba dispuesto a encontrarse conmigo nuevamente. De tal modo que la competencia estaba establecida. La meta era la avenida Roppongi, unas seis cuadras más abajo. El premio: nada más que el dulce sabor de la victoria.

La carrera había comenzado. Pero poco después de haberme rebasado, la calle se volvió más angosta para el Ferrari, que se vio obligado a desacelerar. Aproveché su desventaja, cambié de marcha y pisé el pedal, acortando nuestra distancia.

Ahora que él había notado mis intensiones de alcanzarlo, el asunto pasó a ponerse serio. Tan pronto salió del estrecho, el Ferrari volvió a acelerar para borrarme de su retrovisor. Parecía que el motor se impondría en la carrera, pero yo insistía.

Entonces llegamos al punto decidor. Faltaban solo dos cuadras para llegar a la meta. El Ferrari me llevaba una ventaja de unos 200 metros. Si el camino que nos esperaba estaba libre, el Ferrari ganaría irremediablemente.

Pero con lo que no contaba mi contrincante, era que los empleados del Municipio habían colocado una serie de conos de plástico en la vía, dejando un reducido espacio para los autos. Sin embargo, para las bicicletas habían reservado un pequeñito corredor exclusivo.
A menos de una cuadra de la avenida Roppongi, el Ferrari se quedó atrapado entre dos taxis, y mi bicicleta y yo pasamos airosas a su lado.

Mientras cruzaba la línea de meta, no pude evitar mirar atrás. No conseguí ver su rostro, pero estoy segura de que él sí llegó a ver el mío rebosante de orgullo… Sí, es verdad que él tiene un Ferrari y yo una vieja bicicleta, pero ambos sabemos que esta tarde fue él quien se quedó mordiendo el polvo.

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2 comentarios en “De cuando le gané la carrera a un Ferrari

  1. No te des por vencido, ni aún vencido,
    no te sientas esclavo, ni aún esclavo;
    trémulo de pavor, piénsate bravo,
    y acomete feroz, ya mal herido.

    Ten el tesón del clavo enmohecido
    que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
    y no la cobarde estupidez del pavo
    que amaina su plumaje al primer ruido.

    Procede como Dios que nunca llora;
    o como el pecador, que nunca reza;
    o como el robledal, cuya grandeza
    necesita del agua, y no la implora…

    !Que muerda y vocifere vengadora,
    ya rodando en el polvo, tu cabeza!

  2. Pingback: Mi primera amiga japonesa | Sandra Yépez Ríos

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