Ginebra y el “buen vivir”

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Quizás mi pequeño y selecto grupo de lectores debe pensar que la ciudad de Ginebra no me ha despertado sorpresa, pues he escrito poco sobre la ciudad. Hay que admitir que cuando la primera experiencia de uno como expatriada es un sitio tan lejano y diferente como Japón, que la segunda sea Suiza ya no representa un gran shock cultural. Aquello, por supuesto, no significa que estos cinco meses en Ginebra no hayan sido un trabajo cotidiano de reprogramar mi software mental para hacerlo funcionar con el “sistema operativo ginebrino”.

Mi primer desconcierto ha sido el de la identidad: ¿es Ginebra Suiza o no? Una pregunta que creo solo conseguiré responder apropiadamente al final de mi periplo por aquí. Ginebra es una ciudad de frontera, la mitad de su pequeño aeropuerto está en Suiza y la otra mitad en territorio francés. Para entender cuán cerca está mi casa de Francia, digamos que es mucho más fácil ir a almorzar una crepe en Francia que ir por un hornado a Sangolquí.

Pero no es solo la ubicación lo que genera este conflicto de identidad. La cantidad de organizaciones internacionales establecidas aquí (comenzando por la propia sede de la ONU) y su cercanía con casi cualquier lugar en Europa ha convertido a la ciudad en un especie de arca de Noé cultural. ¡Cinco meses viviendo aquí y solo he llegado a conocer una persona que nació en Ginebra! Todo ello hace que hasta ahora no sepa decir bien si vivo en Suiza o simplemente en algún lugar de Europa. Con todo, la ciudad tiene su personalidad y poco a poco la voy conociendo.

Estoy aprendiendo que aquí el concepto del “buen vivir” se aplica en serio y a cualquier costo, incluso si ese costo es arruinarle a uno el domingo cerrando prácticamente todos los comercios de la ciudad. De lo que entiendo, el principio es que el mesero o el dependiente de una tienda tengan la misma oportunidad de pasar el domingo con la familia como lo tiene el oficinista. Parece bonito, aunque la verdad orto fuerte motivo es que el valor de la hora de trabajo (que generalmente es de unos 20 dólares) es aún más alto durante el fin de semana, por lo que inclusive hay varios restaurantes que no abren ni siquiera el sábado.

Ese “buen vivir” se extiende a la vida en comunidad. En mayo, diversas campañas animan a la gente a participar de la llamada “Fiesta de los vecinos”, una celebración que nació en Paris hace ya varias décadas y cuyo objetivo es promover la integración entre ciudadanos. En alguna esquina de cada barrio se establecen mesas y sillas y todos los vecinos están invitados a salir y participar de la fiesta. La condición: deben aportar con algo, sea comida o bebida. Sé que hay casos en los que funciona muy bien. César, un simpático paraguayo que conocí en la mañana de la fiesta, me contó que había preparado una gran tarta típica de la gastronomía de su país para compartirla con el montón de extraños que encontraría esa noche. Por supuesto, hay otros espacios en los que la fiesta no funciona igual de bien simplemente porque no todas las personas son tan simpáticas como César.

Pero la Municipalidad parece tener un gran compromiso con aquello de integrar a los ciudadanos. Otro programa, que se aplica quizás con más éxito que la “Fiesta de los vecinos”, promueve la reapropiación de los barrios. “La ciudad es tuya” es una especie de festival que se organiza en diferentes barrios con cierta regularidad. Hace pocas semanas sucedió en el mío. Se cerraron un par de calles y durante todo el fin de semana los vecinos podían comprar y vender sus cosas, como un mercado de pulgas donde no hace falta ningún permiso especial para establecer un stand. Juguetes, libros, vajilla, este es el espacio de reciclaje colectivo. Y con una simple autorización, otros vecinos pueden también vender alimentos, pasteles caseros o platos típicos de sus tierras. Por supuesto, también hay música y otras expresiones culturales para entretener.

En suma, estoy aprendiendo a disfrutar ese modo ginebrino de divertirse. Puede que el domingo todo esté cerrado, pero basta un parque y un poco de sol para que la gente le saque provecho al día. Es verdad que la ciudad no tiene las extravagancias y maravillas de Tokio, pero a diferencia de Tokio es un lugar donde la gente parece tener un mayor aprecio por su tiempo libre y de ocio.

Por cierto, hace poco descubrí el “Ludobus”, un camión cargado de juegos de mesa y actividades para niños, que para en los parques y pone todos los juguetes a disposición de la gente. Ahora mismo el Ludbous está visitando el parque junto a mi edificio, así que si alguien le interesa una partida de futbolín, no deje de llamarme!.

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