Las consecuencias emocionales de comer frijoles podridos

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En Ecuador, la prueba de fuego para ver si un extranjero se ha integrado realmente a la cultura local podría ser retarlo a comer un cuy entero, o tal vez ponerlo frente a un plato de tripa mishqui o de yahualocro con su sangre. Todas cosas que para un buen ecuatoriano son un deleite, pero que para un forastero requieren tiempo para acostumbrarse. Aquí en Japón el equivalente a eso sería comer natto.

El natto es quizás el alimento japonés menos popular entre los occidentales, y no es de extrañarse pues se trata de una especie de pasta muy babosa hecha a base de semilla de soja fermentada, mejor dicho: frijol blanco podrido. Luce como si estuviera podrido, huele como si estuviera podrido y técnicamente se podría decir que lo está, pues para prepararlo se le agrega una bacteria (“bacillus natto”) y se lo deja fermentar por todo un día, luego de lo cual adquiere su potente y peculiar sabor.

Al natto se le atribuye que los japoneses tengan tan buena piel, que vivan tantos años, que las chicas sean delgadas, que no tengan celulitis; en fin, todas las virtudes posibles. Sin embargo, para la mayoría de extranjeros el natto es el cuco de la gastronomía local. Hacen falta años viviendo en Tokio (la ciudad donde más se lo come, según me han dicho) para acostumbrarse a su sabor y cogerle el gusto.

Llevo tres años y cuatro meses viviendo aquí y ayer por primera vez se me antojó comerme un natto. Me pedí una ensalada con una señora porción de natto, una bien puesta media taza de frijolitos babosos y apestosos resbalándose en medio de mi tofu y mis lechugas… Y me lo comí todo, sin miedo, con gusto y hasta el empacho.

Pero cuando terminé mi baboso festín no pude evitar sentirme un poco triste. En menos de tres meses deberé empacar todas mis cosas y marcharme de Japón. ¿O sea, que ahora que me gusta el natto resulta que me voy?, me dije frente al plato vacío. Pero la tristeza no viene de saber que a donde iré no encontraré natto, la tristeza está en pensar todo el tiempo que nos toma sentirnos realmente integrados a una cultura, para luego tener que decirle adiós.

Yo que cuando llegué a Japón, vine sintiéndome una planta cortada por el tronco; sin darme cuenta me dejé crecer raíces aquí. Mis raíces ahora se enredan con las de otras personas, las de amigos que comparten mis historias, las de sitios que se volvieron mis guaridas, sabores y sentimientos que se fueron haciendo parte cotidiana de mi vida.

Me preparo para encarar una experiencia completamente nueva: la de aprender a decirle adiós a un lugar que sin ser realmente tuyo, el tiempo lo fue haciendo tuyo: como un hogar que tomaste prestado por algunos años y ahora debes devolver al dueño. Y mientras tanto, en otro punto del mundo sé que ahora me espera un nuevo lugar al que, dentro de poco, tendré que aprender a llamar hogar. Como dicen en mi tierra: “borra, y va de nuevo”.

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