Donde habitan todos los colores de Van Gogh

En pleno calor del verano pasado, resolvimos tomar el auto y bajar hacia el sur de Francia, llegamos a la magnífica región de Provenza y encontramos una serie de encantos. Hice mi mejor esfuerzo por poner en palabras las hermosas imágenes que hallamos, esas palabras se convirtieron como siempre en un artículo para la revista Mundo Diners de Ecuador. Para quienes no lo leyeron en el papel, aquí les dejo la historia:

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Vincent van Gogh llegó a Provenza en febrero de 1888 en busca del color y tanto color halló en esta extraordinaria región del sur de Francia que fue aquí donde produjo algunas de sus más célebres pinturas. Tristemente también fue aquí donde sufrió los mayores tormentos de su salud mental y donde, tras una discusión con Paul Gauguin, llegó al extremo de cortarse una oreja y según dicen enviársela a su amigo. Hoy estas historias son prácticamente fábulas de un tiempo extinto, pero todo aquello que los ojos del magnífico artista holandés captaron, todas las imágenes que vio y plasmó en sus obras continúan tan bellas e impecables como hace 130 años, al punto que quien arriba a Provenza bien puede sentir que ha penetrado en un oleo de Van Gogh.

Por supuesto a diferencia de 1888, hoy esta región en la costa del mar Mediterráneo no es solo el paradero de artistas extravagantes sino de cientos de miles de turistas. De hecho, Provenza-Alpes-Costa-Azul (su nombre completo en la actualidad) es considerada el destino turístico más concurrido de Francia, especialmente en verano cuando todos los europeos se lanzan a la carretera con un único destino en común: el sur.

En un típico sábado de verano, el embotellamiento en la autopista se extiende por 300 kilómetros de vía a lo largo de todo el territorio francés. No importa si es Provenza o tan lejos como Lisboa, llegar a cualquier destino en el sur toma el doble de tiempo en esta época. Pero el paisaje que el viaje por carretera promete hace que la demora valga la pena: arriba un cielo absolutamente azul y abajo junto a la autopista la idílica imagen de los campos de girasol, una “alfombra” de amarillo intenso que se extiende hasta donde la vista alcanza y que fue lo que inspiró a Van Gogh a elaborar su tan famosa serie de oleos de girasoles.

Pero el único paisaje más espectacular que el de los girasoles es aquel que ofrecen los campos de lavanda, una pequeña flor que tiñe toda la región de morado y la inunda de un aroma absolutamente embriagador. La lavanda es la flor provenzal por excelencia de modo que aquí abundan los perfumes, jabones e incluso licores y comida con su característico toque de morado. Y dado que para producir un solo litro de esencia de lavanda es preciso 100 kilos de flores, antes de la vendimia la vista no se da abasto ante la cantidad de plantíos que se pueden hallar a lo largo del camino.

Tiempos álgidos

img_8802Cuando termina por fin la carretera, las turquesas aguas del Ródano (el río más grande de Francia y uno de los más importantes de Europa) indican el camino hacia la ciudad medieval de Aviñón. Al aproximarse, lo primero que salta a la vista es la muralla de piedra que encierra toda la ciudad antigua y el gigantesco palacio que se levanta en su centro, evidencia de los tiempos en que Provenza, y no el Vaticano, era el hogar del Papa.

Como consecuencia del difícil clima político que se vivía en Roma, siete Papas hicieron de Aviñón su residencia entre 1309 y 1377, un período que hoy se conoce como el “Papado de Aviñón” y durante el cual los sucesivos pontífices dedicaron gran parte de su tiempo (y de los fondos de la curia) a la construcción de su majestuosa vivienda. Treinta años tomó levantar el costosísimo Palacio de los Papas que, con una dimensión de 15 000 m2, hoy es el más grande y uno de los más importantes edificios góticos de toda Europa.

Miles de turistas y un buen número de fieles vienen a Aviñón todos los años para admirar el ostentoso monumento, hoy convertido en un museo, admirarlo y a la vez disfrutar de la vibrante escena cultural que se desarrolla a su alrededor. Cada verano Aviñón es la cede de uno de los festivales de teatro más grandes de Europa, al que se dan cita más de 100 mil asistentes.

Mientras unos recorren el palacio y otros se preparan para asistir a una de las múltiples obras de teatro, este año todo parece normal en Aviñón salvo por el hecho de que entre las decenas de turistas, otra decena de policías fuertemente armados también se pasea por la plaza central. Desde 2015 y tras repetidos ataques terroristas, el Gobierno francés ha reforzado la presencia policial en todo su territorio, especialmente en ciudades turísticas. En una tarde de verano cualquiera es imposible ignorar la cantidad de policías que caminan por el centro de Aviñón exhibiendo abiertamente sus rifles y pistolas. Una vigilancia que es el recuerdo permanente de los álgidos tiempos que corren hoy y aún así, los visitantes aquí no hacen más que multiplicarse. Según los reportes de la prensa nacional, a pesar de la amenaza terrorista el festival de Aviñón no ha visto disminuir su público este año. La ciudad continúa llena de actividad, de turistas tomando fotos, niños relamiendo helados y familias disfrutando del verano, en lo que parece un empeño colectivo por imprimir serenidad a una vida que se resiste a ser prisionera del miedo.

Y aquí en Provenza, sobre el miedo se impone la belleza, una belleza que obliga a salir de casa y emprender el camino hasta estos parajes medievales, ya sea para nutrirse de historia y arte o simplemente para emborrachar la vista con imágenes tan mágicas como la que de lejos ofrece la ciudad de Roussillon.

Tonos y sabores

provenza2Como lo revelaban sus obras y hasta las paredes de su casa, el color favorito de Van Gogh era el amarillo, quizás por eso nunca pintó Roussillon, si lo hubiera hecho la paleta habría tenido que ser tan solo de rojo.

Roussillon, a solo pocos kilómetros de Aviñón, es una ciudad monocromática: sus casas son rojas, sus tejados son rojos, su tierra y hasta sus montañas son rojas, un rojo que tiñe a la ciudad de tanto encanto que los mismos franceses la han calificado como una de las más bellas del país.

Al estar asentada sobre un rico yacimiento de ocre, Roussillon fue un poblado minero hasta bien entrado el siglo XX, cuando la explotación y la producción de pigmentos disminuyó notablemente. Sin embargo, gracias a su tierra llena de este rojo mineral, todo en Roussillon quedó marcado por los matices del ocre.

Hoy la localidad todavía produce tinturas; sin embargo, su principal ingreso económico es el turismo que cada año crece atraído por el encanto de sus casas rojas, apiñadas en la punta de una montaña y mirando hacia el deleitable paisaje de los olivares que se extiende en un verde infinito.

Gracias a sus tantos olivares, Provenza es famosa por sus exquisitos aceites de oliva con aroma a hierbas, así como por su tapenade, una especie de paté de aceitunas trituradas combinadas con alcaparras, anchoas o nueces. En un domingo de verano durante las penosas horas de embotellamiento, muchos viajan con un solo objetivo en mente: la feria de fin semana y la posibilidad de degustar ahí lo más fresco y más típico de la reconocida culinaria provenzal.

De las muchas que hay, la feria de L’Isle-sur-la-Sorgue es una de las más populares. Esta pequeña ciudad vecina de Roussillon es considerada uno de los centros de comercio de antigüedades más importantes de Europa, y cada domingo a su mercado de antigüedades se le suman decenas de otros comercios que ofrecen lo mejor de la gastronomía local. Unos venden frutas y flores frescas, otros mermeladas y turrones repletos de almendras. Más allá, variedad de tapenade, vinagres balsámicos, quesos, salchichas, panes y vinos. La lista es inagotable y dado que es posible degustar cualquier producto en cualquier puesto, todo el mundo se pasea por el mercado con la boca llena.

provenza3Igualmente, en los pequeños bistrós de la zona la mesa está servida con una rica selección de especialidades como el estofado de carne de toro, las salchichas de jabalí o la famosa Bullabesa, una sopa de tres tipos de pescado originaria de Marsella, la capital de esta región y el puerto principal de Francia.

Si Provenza no enamora con su belleza lo hace con su sazón. No es de extrañar entonces que Van Gogh haya querido hacer de este sitio el escondite y hogar de los artistas. Y aunque por un tiempo lo fue para algunos como Gauguin, Picasso y Cézanne, el proyecto de Van Gogh nunca acabó de concretarse y el holandés murió poco después de haber abandonado su casa amarilla en Provenza. Sin embargo, esos mágicos colores y aromas que tanto encantaron a los pintores del naciente siglo XX, hoy continúan tan nítidos y embriagadores como entonces, de ahí que a pesar de los tiempos difíciles nadie considera dejar de venir.

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Un comentario en “Donde habitan todos los colores de Van Gogh

  1. Pingback: Un domingo para catar vinos en Borgoña | Sandra Yépez Ríos

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